El fin de las conversaciones de ascensor: si abres la boca que sea para decir algo interesante

Diversas iniciativas en todo el mundo apuestan por acabar con las charlas vacías y adentrarse de lleno en los temas más candentes

HOW TO LOSE FRIENDS & ALIENATE PEOPLE, from left: Kirsten Dunst, Simon Pegg, 2008. ©MGM/Courtesy Everett Collection 249/cordon press Fotogramas

Imagínese que un día se levanta y sale al trabajo. En el ascensor su vecino no le comenta lo que ha enfriado el tiempo, sino que le pregunta a bocajarro a quién hubiera votado usted de ser norteamericano, ¿a Trump, Clinton o Bernie Sanders? Ya en el metro su compañero de asiento, milagrosamente, no está enfrascado en su iPhone. Por el contrario, se muestra charlatán y aprovecha una noticia del periódico para sacar a colación qué sería lo menos nocivo para los españoles, subir los impuestos o hacer más recortes. Tras una mañana de trabajo, la hora del almuerzo en la cocina de la oficina se ameniza con otro tema candente que podría ser ¿hay que suprimir los deberes de los niños como hacen las escuelas noruegas, las mejores del mundo?, ¿cobraremos las pensiones cuando nos jubilemos?, o ¿estamos a favor o en contra de que la prostitución se legalice?

Quizás para algunos el plan resulte excesivamente intenso, pero ya hay colectivos que abogan por el fin de las conversaciones de ascensor, vacías e intransigentes y proponen discutir de temas de peso, interesantes y que generen cierta polémica. End Small Talk es una iniciativa que nació en Abu Dhabi, de la mano de dos mujeres, Lyne Ismail y Farah Bushnaq. Ambas se criaron en esa ciudad, fueron a la universidad en Canadá y trabajan ahora en los Emiratos Árabes. Ismail es una ejecutiva de la salud y el fitness y Bushnaq ha sido mánager del, ya cerrado, centro cultural The Space, en Abu Dhabi. “Siempre hemos disfrutado debatiendo temas que nos han ayudado a entendernos mejor a nosotras mismas y al mundo en que vivimos”, comentaba Ismail al diario Gulf News, “las conversaciones que teníamos con los amigos y profesores en la universidad eran muy estimulantes, pero ahora vemos que cada vez que salimos solo se habla de cosas mundanas y repetitivas. De dónde eres, en qué trabajas. La gente se define por su entorno y educación. Resulta muy aburrido, sobre todo cuando puedes discutir sobre los misterios del universo y tratar de entender el sentido de la vida”.

El primer evento de esta plataforma, con página en Facebook, fue en mayo del año pasado en Abu Dhabi. Esperaban solo cinco personas pero acudieron 35 tras un llamamiento en las redes sociales. La mecánica es simple. Se convoca una cita de entrada libre en la que hay diferentes mesas en las que unas tarjetas sugieren temas de conversación (aunque se evitan la religión y la política). Cada participante puede elegir el grupo en el que integrarse y algunos de ellos disponen de un moderador. “Queremos proveer de un espacio donde la gente se sienta confortable para profundizar en tópicos que definen nuestra existencia y compartir opiniones y sentimientos sin juicios o vergüenza. Conectar con extraños fuera de las construcciones sociales que nos definen en base a criterios como nuestro nombre, nacionalidad u ocupación”, explica Ismail.

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Fotograma de ‘El Gran Hotel Budapest’. Foto: Cordon Press

El mismo espíritu es el que comparte James B. Duke, profesor de psicología y economía del comportamiento de la Duke University, en Durham (EEUU) y Kristen Berman, fundador de los Irrational Labs (laboratorios irracionales), una compañía sin ánimo de lucro interesada en estudiar el comportamiento humano. Ambos llevaron a cabo un experimento que explican en un artículo de la revista Wired y cuya tesis se basa en la idea de que las conversaciones de ascensor son convencionalismos sociales tan inútiles como molestos que nos hacen infelices, nos impiden divertirnos, conocer realmente al que tenemos al lado y crear lazos y relaciones más profundas y estables.

Ambos organizaron una velada en la que había dos reglas: la primera era que todos los invitados debían llegar entre las 19:30 y las 20:00. Si uno llegaba a las 20:05 no entraba. La segunda norma era que estaban prohibidas las conversaciones intranscendentes. Y ahí es donde está el dilema, porque la noción de lo que es un tema interesante o tonto puede variar dependiendo de cada individuo. Para orientar a los invitados se propusieron materias a debatir: ¿Donarías un riñón si alguien cercano a ti lo necesitara?, se sugirió también el tema de la teoría de la prevención del suicidio o el de las dominatrices. El resultado final fue que a la gente le gustó la idea y, tras acabar la fiesta, se fueron a casa con la sensación de haber aprovechado y disfrutado el tiempo. Muchos aprendieron cosas y otros iniciaron una amistad o establecieron contactos con gente que les resultaba interesante o que compartía sus inquietudes.

Algunas iniciativas para debatir temas candentes

Universidades de países de todo el mundo hace tiempo que vienen desarrollando proyectos de bibliotecas humanas, en las que los usuarios no consultan o leen libros, sino que encuentran personas con las que sentarse cara a cara, no solo para escuchar sino para dialogar. Pueden ser individuos excluidos de la comunidad por su condición social, económica, política o incluso física. Puede que se hayan visto expuestos a la crítica o a los prejuicios de la sociedad, que tengan algún tipo de discapacidad o que se hayan visto sometidos a situaciones de violencia.

Algunos títulos que podrían consultarse en una biblioteca humana: Historia de una prostituta, Veterano de la Guerra de Irak, Memorias de un ex alcohólico o La vida desde una talla XXL. “Real people, real conversations”, es el lema de algunos de estos proyectos. Pero, aunque se priorice la marginación para poder integrarla dentro de la comunidad, cualquiera es libre de contar su historia. Esta experiencia la inició la ONG Stop the Violence en la ciudad danesa de Copenhague en el año 2000. Su objetivo era disminuir la discriminación entre los jóvenes celebrando la diferencia y promoviendo el diálogo y la tolerancia. En ese momento había en Dinamarca una enorme confluencia de personas de distintos países, religiones y razas y se extendió en la sociedad danesa una especie de sentimiento de invasión. Precisamente para contrarrestar esta creencia nació la biblioteca humana.

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Fotograma de ‘The Mindy Project’. Foto: Cordon Press

Los cafés filosóficos hace tiempo que viene aplicando esta regla de hablar de temas trascendentales. Estas tertulias, que generalmente se organizan en bares, empiezan a ser habituales en España, aunque donde más florecen es en el país galo, donde el filósofo chileno Daniel Ramírez capitanea una en el famoso Café des Phares, en la parisina plaza de la Bastilla. Según Ramírez, “Francia es el país que lidera esta nueva corriente porque tiene una gran tradición de debate. En la Revolución Francesa los intelectuales conversaban de política en los espacios públicos y luego, en mayo del 68, se retomó esta costumbre en los cafés de Saint-Germaine-des-Prés, con Jean Paul Sartre”. Esta necesidad de debatir responde, según Daniel, “a que las democracias modernas no permiten la participación al ciudadano, éste ya no tiene palabra y entonces busca otros espacios. La filosofía da herramientas intelectuales para saber lo que pasa. Cuando no se entiende lo que ocurre se tiende a seguir al líder sin cuestionarse nada y eso puede ser peligroso”.

“La conversación es algo fundamental en los diálogos filosóficos. Es la forma en que nació la filosofía y el modo más adecuado y accesible para abordar esta materia”, afirma Juan Arnau, filósofo, profesor de la Universidad Europea de Valencia y autor de varios libros, entre los que está Manual de filosofía portátil (Atalanta). El auge de la filosofía en la calle -aunque no en las aulas con los nuevos planes de estudio-, lo explica Arnau por esa necesidad de llenar nuestra dimensión espiritual que ha quedado vacía sin las religiones o la idea de dios. “La filosofía enseña que pensar bien hace que el mundo sea mejor. Es una idea budista que entronca con la visión del universo como una estrategia mental. Todo lo que hagamos tiene sus consecuencias, nada se pierde. Pero, además, la filosofía te enseña a ver tus sueños con cierta ironía, que no es lo mismo que reírte de ellos o darles la espalda. La teoría del follow your dream, a cualquier precio, no importa a quien te lleves por delante es un disparate absoluto”, comenta este profesor. Su último libro, La invención de la libertad (Atalanta) es un canto al humanismo frente al entusiasmo tecnológico o científico; a las sensaciones, que como apunta en su prólogo y como dijo Berkeley “no son duplicados de las cosas sino cosas en si mismas” y a la consciencia del saberse ser.

Jorge García Marín, sociólogo y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, se muestra, sin embargo, más escéptico respecto al impulso motivador de esta corriente. “¿Es verdaderamente un síntoma de que la gente busca respuestas o es más bien una pose hipster o vintage con fecha de caducidad, como cualquier moda? Lo que veo cada día en la universidad son estudiantes enganchados a sus iPhones y a las redes sociales y con pocas ganas de interactuar con el que está al lado. Claro que lo que suben a sus muros de Facebook o Twitter puede que sean contenidos más comprometidos, que hable del cambio climático o de la crisis de los refugiados pero, ¿es realmente una preocupación genuina o solo un cierto pudor que les impide publicar un selfie cuando los norteamericanos acaban de elegir a Donald Trump como presidente?”.

Lo políticamente correcto en materia de conversaciones puede ser socialmente inconveniente, aburrido y una pérdida de tiempo. “En otros países como EEUU son más prácticos y aprovechan cualquier reunión para darse a conocer o hacer networking”, apunta García. La gente no duda en dar su tarjeta a alguien que cree que puede ser interesante para su carrera. Aquí en España dividimos mucho los ámbitos y si estamos en una fiesta muchos consideran mal visto hablar de trabajo”. Otra tarea pendiente en la idiosincrasia nacional es la aprender a discutir sin tomarse las opiniones ajenas como algo personal. “En las tertulias televisivas es patente la falta de respeto a las ideas contrarias, el escaso discurso y la ausencia de una argumentación consistente”, apunta este sociólogo.

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