El tenedor que te hace comer despacio y otros consejos para no engullir

Un cubierto 'inteligente' es el último invento para obligarnos a masticar con calma. Comer rápido favorece la obesidad y otras dolencias gástricas.

barbra streisand

Foto: Cordon Press

Nutricionistas, endocrinos, expertos en digestivo y hasta psicólogos no se cansan de recordar la importancia de no tomarse las comidas como una carrera de velocidad. Y visto el poco caso que se les hace en una sociedad donde cada vez se come más y más rápido, ya hay hasta un tenedor inteligente que vibra y lanza destellos luminosos en caso de que su usuario esté comiendo más deprisa de lo conveniente. El HAPifork, que así se llama el cachivache, es un tenedor aparentemente normal, cuyo mango esconde un pequeño software que mide cuánto se ha tardado en comer, cuántos viajes ha hecho del plato a la boca del comensal y la duración de los intervalos entre bocado y bocado. Al acabar el festín, se puede descargar esta información en un programa que permite ver la cadencia de cada comida y su comparación con otras comidas. Existe también la posibilidad de monitorizar esa información en tiempo real conectando el tenedor inteligente al smartphone por bluetooth. El padre del dispositivo es el inventor francés Jacques Lepine.

El lanzamiento del tenedor inteligente ha levantado no poco revuelo mediático por lo pintoresco del aparato. La comunidad científica también se ha manifestado. El famoso doctor David L. Katz , autor de varios libros sobre nutrición, obesidad y dietas saludables para controlar el peso, declaraba a la cadena ABC News que “a diferencia de muchas dietas basura, al menos el tenedor no hace daño. Y, desde luego, al atemperar el ritmo en la toma de los alimentos y aumentar la atención que se pone en el propio acto de comer, puede efectivamente llegar a reducir las calorías ingeridas”. Fabrice Boutain, director general de HapiLabs la empresa distribuidora del HAPifork, coincide en que el tenedor inteligente “puede ayudar a adoptar el hábito de comer despacio, a controlar el peso y, a la larga, a que la persona que lo usa se sienta mejor”.

En el fondo no hace falta prolongar un almuerzo ad aeternum. Pero hay que darse, como mínimo, veinte minutos (y engullir una hamburguesa con doble de patatas fritas, un perrito con todos sus aditamentos o varias porciones de pizza barbacoa suele llevar bastante menos tiempo). Esos veinte minutos son el tiempo que tarda en llegar la señal de saciedad al cerebro. Comer a contrarreloj impide que las neuronas se enteren de que el estómago ya está lleno y den la orden de entrar en acción a la leptina, conocida como la hormona de la saciedad. Como norma general se suele recomendar masticar cada bocado entre 10 y 15 veces. Sin prisas. Disfrutando del momento y ayudando al cerebro para que sea consciente de que le está entrando alimento. Marina Espinosa, nutricionista en el Hospital Clínica de Benidorm y colaboradora con la empresa de nutrición y dietas Alimmenta, da este consejo: “Una forma de relajar la ansiedad y comer más lento es dejar reposar los cubiertos en cada bocado mientras masticamos”. El problema es que al comer con las manos se tiende a tragar y volver a por otro bocado más rápido porque, por lo general, uno no suelta la hamburguesa mientras mastica.

Engullir sin miramientos abre la puerta a comer en exceso. Con un agravante: por lo general, se comen más rápido y con más avidez las comidas procesadas industrialmente, ultracalóricas y llenas de grasas saturadas que una ensalada aliñada con un chorrito de aceite de oliva virgen. De ahí lo de que comer rápido, engorda. Katz sostiene además la tesis de que “cuanto mayor es la variedad de sabores de un alimento, más abre el apetito y más se come”.Y un apetito desbocado lleva a comer más deprisa. Los fabricantes de comida rápida lo saben. De ahí el éxito del kétchup, imprescindible en muchos alimentos de comida rápida: dulce, salado y ácido a la vez. Los comensales comen en pocos minutos, siempre con las manos, que es más rápido, abandonan el restaurante en un corto plazo de tiempo y dejan mesa libre para otros clientes. Negocio redondo.

Pero engordar por comer a toda pastilla es el menor de los daños que este mal hábito causa en nuestro organismo. Comer deprisa, o, llamémoslo por su nombre, engullir, suele estar en la base del colon irritable, esa dolencia benigna que acarrea gases, estreñimiento, hinchazón o dolor abdominal tras las comidas. Otra consecuencia son las digestiones pesadas. “Con demasiada frecuencia se olvida que la digestión empieza en la boca. Por eso hay que masticar bien los alimentos”, explica la doctora Mar Mira de Corporal M+C. La saliva también cumple varias funciones, en ellas, aportar enzimas que comienzan a descomponer los alimentos para aligerar la tarea del estómago, y lubricar el bolo alimenticio para facilitar su deglución sin causar daños al tubo digestivo. “El trabajo que no se haga en la boca, lo tiene que hacer el estómago y la digestión será más larga y pesada”. La doctora advierte también de otro vicio muy extendido: comer distraídos. “Por ejemplo, mirando la tele, chequeando el móvil o trabajando frente al ordenador. En ese momento no estamos a lo que hay que estar, que es disfrutar de la comida, y se tiende a comer más deprisa o a masticar mal”. Espinosa añade que “se deben evitar situaciones de estrés, ya que nos generan más ansiedad, y, por tanto, comeremos más rápido y una mayor cantidad”. Por si esto fuera poco, ingerir alimentos a toda velocidad duplica la probabilidad de sufrir diabetes tipo 2, según un estudio dirigido por Lina Radzeviciene, de la Universidad de Ciencias de la Salud de Lituania.

Por último, y no por ello menos importante, las comidas son una ruptura en la rutina del día. Ayudan a la mente a desconectar el estrés del trabajo, a despejarnos e, incluso, a reducir la fatiga visual motivada por permanecer varias horas frente a la pantalla del ordenador. Darle tiempo al almuerzo es un descanso para el cerebro, entretenido en disfrutar de los matices visuales, olfativos y gustativos de la comida. Asimismo, como señala la psicóloga Isabel Rubió de IntraObes, “comer despacio, nos deja un tiempo para poder conversar, en el caso de estar acompañados en la mesa. Este factor nos puede hacer mejorar nuestras relaciones sociales”.

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