«El precio del corte de pelo no debería basarse en si el cliente es hombre o mujer»

Hablamos con la estilista Kristin Rankin, responsable del proyecto DressCode para la diversidad e inclusión de género en las peluquerías, sobre la brecha de la industria del cabello con las diferentes sensibilidades, su experiencia personal y las posibles soluciones.

«El precio del corte de pelo no debería basarse en si el cliente es hombre o mujer»

Kristin Rankin durante la presentación 'El pelo no tiene género' de Pantene

Hace tres años, la experiencia de una mujer trans en la peluquería Fox and Jane (Toronto, Canadá) de Kristin Rankin le abrió los ojos a esta última sobre un problema de género en la industria capilar. «Vino al salón, hablamos de cómo lo quería, le di algunas recomendaciones y, cuando acabé, quedó muy contenta con el resultado», cuenta a S Moda Rankin durante la presentación del proyecto El pelo no tiene género de Pantene en Madrid. Hasta ahí, todo normal. La sorpresa vino al día siguiente, cuando esta clienta publicó en Twitter su sentir: aseguró que, en cinco años que llevaba presentándose al mundo como mujer, era la primera vez que se sintió como tal en una peluquería. «Primero me hizo feliz, pero luego me entristeció su caso. Pensé que había que cambiar la situación».

Esta anécdota fue la mecha que prendió DressCode Project, un programa que fundó hace dos años y medio. Con él, busca formar a los estilistas en diversidad de género, para que aprendan cómo hacer sentir cómodas a las personas de la comunidad LGTBIQ+ en sus espacios. Este colectivo no incluye solo a homosexuales y personas trans (que no se identifican con el género que se les asignó al nacer). También están las personas no binarias (que no se identifican con ninguno de los dos géneros) o de género fluido (que se pueden sentir más cercano a uno u otro en diferentes momentos). «Enseñamos a que, cuando entra alguien, sin importar la comunidad a la que pertenezca, no se asuma si es señor o señora». A ella, que se deja pocos centímetros de cabellera, confiesa que le ocurre en la calle. «Me llaman señor y pienso: ‘¿Podemos superar ya esto?'».

Un viaje de largo recorrido

El camino de Rankin hacia la diversidad en los salones empezó mucho antes. Hace una década se percató, también gracias a una clienta, de que existía un problema de base: el criterio con el que se establecen los precios. «Una clienta lesbiana, con el pelo corto, me dijo: ‘Me encanta venir a tu salón, es muy gayfriendly y abierto, pero creo que no debería pagar los precios de cortes de mujeres'». Para la estilista, el razonamiento fue impecable, y se apresuró a cambiar el listado de precios. «Comuniqué en mis redes sociales el motivo: necesitamos que el coste sea justo y equitativo».

Desde entonces, y especialmente en los últimos tres años, Rankin ha investigado en profundidad estos casos. Y ha descubierto algo preocupante: que las personas trans, frente a los precios determinados por el género, sienten ansiedad, se acentúa la disforia de género… Entre las experiencias más comunes que han compartido con ella, destaca el comentario «Este corte es de chico (o chica), ¿por qué te lo quieres hacer?». O que salgan con un estilo que no es el que buscaban. Esto le sucede, por ejemplo, a lesbianas que buscan un aspecto más masculino (en inglés, a esta subcultura se la conoce como butch lesbian). «Si en el centro no entienden lo que pide la clienta, porque lo ven como tradicionalmente masculino, acaban estilizándolo para que parezca femenino, y entonces sale insatisfecha. Ni lo ha pedido así, ni se reconoce».

Rankin destaca, además, que no se trata solo de una necesidad social. «Desde una perspectiva económica, estas etiquetas no son inteligentes. La mayoría de establecimientos pertenecen a pequeños empresarios, y con esta carta de presentación ahuyentas ya a una parte de la clientela, por lo que pierdes dinero». Muchos le han contado que consultan las páginas web de los sitios, y si los rangos se dividen por géneros, ya no se molestan en acercarse.

La educación, el primer paso

La raíz de todo, para Rankin, está en la formación que se da a los futuros peluqueros. «El sistema de educación no ha cambiado en la industria del cabello. Se nos enseña a diferenciar entre cortes para caballeros y señoras. El precio del corte de pelo no debería basarse en si el cliente es hombre o mujer. Me parece el sistema de precios más absurdo del mundo».

Por ello, desde DressCode trabajan también con diferentes organizaciones para cambiarlo. «Queremos establecer el coste del corte en función de la longitud de la melena y el tiempo que requiere», asegura. Como se ha mencionado antes, no se limitan a mejorar este aspecto. «Tomé cursos para aprender a ser más inclusiva con el lenguaje, cómo hablar de su pelo sin usar el género, solo sus características. Buscamos transmitir estos valores», cuenta la profesional. Una solución que propone se centra en dirigirse a los clientes por su nombre. «Lo tenemos en su ficha, y de esta forma no te equivocarás con el género». También evitar referirse a los cortes que piden como ‘de hombre’ o ‘de mujer’. «Mejor consultar lo que se desea a través de texturas y descripciones».

Preguntada por el caso español, en el que los adjetivos tienen género, aconseja evitarlos, o buscar otros que no tengan. Así, por ejemplo, en lugar de soltar un calificativo como «Se te ve muy guapo (o guapa)», mejor tirar por «Te queda genial». «Durante la conversación con los clientes, vas descubriendo cosas, se abren a ti y te confiesan cómo quieren que te refieras a ellos. Entonces puedes hacerlo sin miedo». Entiende que todas estas enseñanzas pueden llevar a agobio, y por eso tranquiliza. «Si caes en el error y les identificas con un género equivocado, no hagas un mundo, pide perdón y continúa».

Aliados necesarios

La conversación, que se ha extendido durante casi una hora, ha tenido lugar en el marco de la presentación oficial de la iniciativa El pelo no tiene género de Pantene, similar al proyecto de Rankin y con la modelo Ángela Ponce como embajadora. Durante todo el miércoles 27 de noviembre, han ofrecido cortes de pelo sin género y asesoramiento a las personas trans que se pasaran por el local Ciento y Pico de la capital, donde han creado una peluquería pop up. Internacionalmente, Pantene ha unido fuerzas con Rankin para apoyar su causa. Para ella, este empujón importa. «Impulsa la visibilidad. Tradicionalmente, las grandes compañías han centrado su foco en una ‘masculinidad real’ o la ‘feminidad auténtica’. Que una firma como Pantene reconozca esta responsabilidad como marca global supone un gran aliado», considera Rankin. Y destaca que dentro del grupo P&G, al que pertenecen, cuenten con su propia organización LGTBIQ+, GABLE. «Les ayuda a entender sus necesidades».

Rankin pasó el 27 de noviembre explicando su trabajo a otros estilistas.

El proyecto, en el que llevan trabajando mano a mano desde hace dos años (poco después de que la canadiense lo lanzase), aterriza en Milán y Madrid con la conversión de 50 centros en cada ciudad comprometidos con la causa. «Y esto solo es el principio», adelanta Rankin.

Sobre España, pese a las pocas horas que ha pasado, le ha llamado la atención la gente que ha conocido y lo orgullosas que están de sus esfuerzos. Por ejemplo, ha hablado con Luciano Cañete, fundador de los salones Corta Cabeza. En sus centros, no es extraño que te atiendan estilistas trans. No solo eso: junto a la Fundación 26 de diciembre y Pantene, entre otras entidades, pusieron en marcha un curso para personas trans. Con él, dan formación profesional a este colectivo sobre peluquería, belleza y moda con el objetivo de facilitar su inserción laboral. Las asociaciones LGTBIQ+ calculan que en torno al 85% de las personas trans viven en situación de desempleo. «No se trata solo de reconocerlos; como cualquier persona, necesitan un trabajo para vivir», apoya Rankin.

Experiencias tempranas, trayectoria tardía

Rankin reconoce que ella misma sufrió en sus propias carnes todas estas situaciones que ahora persigue revertir. «Sé desde los nueve años que no soy heterosexual. Siempre he odiado las características tradicionalmente femeninas: tengo fotos del colegio con un vestido y pantalones debajo. Así que tampoco quería una melena larga. Mi madre era peluquera, tenía mucho estilo y ella se encargaba de estilizármelo. Aunque tiraba más hacia el bob, que ahora está tan de moda, y no como yo lo quería, pero estaba contenta».

Reconoce las dificultades que tuvo para salir del armario, a lo que se atrevió con 21 años. «Era por miedo a perder a mis padres, con los que tenía muy buena relación. Al final, mi padre, que era carnicero, se tomó mucho mejor mi homosexualidad que el hecho de ser vegana. Eso lo llevaba mucho peor», confiesa entre risas. Y pone de relieve que, si abrirse en cuanto a la orientación sexual cuesta, debemos plantearnos cómo debe ser la incomprensión a la que se enfrentan las personas trans.

Sobre su trayectoria como peluquera, se muestra feliz, pese a que no fuera su sueño. «Estudié cine y televisión, entré en la industria y salí desencantada». Una conversación con su madre hace 15 años supuso el punto de inflexión. «Me espetó: ‘Deberías ser peluquera’. Y por fin le hice caso. Me encanta, porque cada día es diferente, hablas con muchas personas, tenemos clientes de todo tipo. Tengo la oportunidad de jugar con los colores, las texturas, los cortes. Y no he encontrado nada que me haga sentir tan bien como cuando un cliente deja el local feliz porque por fin se ve como se siente. Tengo mucha suerte».

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