De la disco al gimnasio

Con el mono regresa la cara más atlética de los años 80 y el culto al cuerpo de la moda ‘made in usa’

De la disco al gimnasio

Rebobinemos. Casi todo lo que perduró del sofisticado estilo disco que Diane Von Furstenberg o Halston introdujeron en los años 70 se convirtió en práctico sportswear en la década posterior. Porque, en la moda, todo lo sofisticado acaba por ser asumido, pasando de extraordinario a corriente en cuestión de temporadas. De este modo, prendas como el vestido camisero –etéreo protagonista de bailes a lo Fiebre del sábado noche (1977), combinado con sandalias de tacón de aguja– se adaptaron al armario diurno para transformarse en un perfecto comodín que combinar con holgados abrigos hasta los pies. Y los sensuales monos palabra de honor bombachos abandonaron la pista de baile para buscar su inspiración en el deporte. ¿El nuevo lema? «Menos dancefloor y más bodybuilding». Una filosofía de vida que se convirtió en leitmotiv de una moda con reminiscencias atléticas para diseñadores como Norma Kamali.

Esta creadora norteamericana creó ropa de día funcional a partir de un material, el algodón afelpado, que hasta entonces había sido relegado a prendas de gimnasia. Su primer éxito llegó con el bañador rojo que Farrah Fawcett lució en el póster más vendido de la historia –hasta que en los años 90 llegó Pamela Anderson y le arrebató ese honor–. En 1978, tras divorciarse personal y profesionalmente de su marido, Kamali puso en marcha su propia marca, y usó como nombre unas siglas que fueron toda una declaración de intenciones: OMO (On My Own, es decir, «por mí misma»). Con ella se atrevió a coser hombreras a sus cómodas sudaderas y, así, introducirlas en la categoría dressed for success (vestida para triunfar); consiguió que los leotardos ceñidos de gimnasio fueran sexies y aptos para la calle –convertidos ya en leggings– y, por último, trabajó la silueta hasta adaptarla a prendas como el top o el mono.

A mediados de los años 80, Kamali ya era uno de los nombres clave para entender por dónde iba el nuevo estilo norteamericano. El culto al cuerpo apolíneo se generalizó y las Olimpiadas de Los Ángeles en 1984 confirmaron una tendencia que mostró su poderosa imagen en un inolvidable porfolio del fotógrafo Bruce Weber para la revista Interview. En él, los atletas lucían esculturales, envueltos en prendas deportivas clásicas que definían un look del que Calvin Klein tomó buena nota. Unos años más tarde, el lanzamiento de sus colecciones de ropa interior retomó el tema frente a la cámara, cómo no, de Weber, artífice de unas icónicas imágenes que siguen siendo el mejor ejemplo de lo que el sportswear americano ha aportado a la moda durante la década más vanidosa del siglo XX.

El sueño ‘sport’ americano.
A principios de los 80, un jovencísimo Michael Kors (comenzó en el diseño con tan solo 19 años) presentó sus primeros diseños en su Nueva York natal y, al instante, se ganó el beneplácito de los grandes almacenes Bloomingdale’s, Bergdorf Goodman, Neiman Marcus y Saks Fifth Avenue, es decir, hizo pleno a la primera. Este invierno, Kors celebra sus 30 años en la moda y lo ha hecho creando una colección de grandes éxitos en la que no ha faltado el mono de corte deportivo, tributo a su idolatrada Kamali y a un tiempo en el que la imagen personal era la auténtica carta de presentación (y no un extenso currículum). De color bronce –esa especie de camel que se inspira en el tono de piel que proporcionan ciertos autobronceadores a los que Kors es bastante aficionado–, la prenda hizo acto de presencia en la pasarela neoyorquina combinada con un holgado abrigo hasta los pies (sí, el mismo que hemos citado al comenzar este artículo). El conjunto monocromático mostraba esa silueta ininterrumpida de largo recorrido que siempre ha estado presente en la moda de Kors y que, esta temporada, reivindica un pasado glorioso en el que la funcionalidad descubrió su lado más elegante de un modo natural y fácil. En definitiva, hoy el mono reivindica la moda sport más vigorosa y hercúlea de raíces norteamericanas, en un año en el que las Olimpiadas vuelven a ser protagonistas. Qué casualidad, ¿no?

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