La maldición de los Khaleesi: cómo un buen amigo se convierte en un déspota

Hasta hace nada era una bellísima persona, pero ahora disfruta haciéndotelo pasar mal. Los psicólogos advierten: puede haber maltrato psicológico en una amistad.

Game of Thrones Khaleesi

Foto: HBO/Cordon Press

Es una tragedia cotidiana bastante frecuente: tienes un amigo o amiga del alma. De esos que son amigos para siempre, y contigo, al fin del mundo. Un buen día se va de vacaciones, entra en la universidad o cambia de trabajo y, de la noche a la mañana, se vuelve un déspota contigo. Es capaz de mofarse de tu manera de vestir, de lo que comes o de los sitios por los que mueves. Incluso puede que participe en bromas pesadas o en acciones contra ti o los tuyos.

Mientras intentas esquivar los ataques te planteas cómo es posible que alguien cambie en tan poco tiempo. “Lo primero que habría que definir es qué es ser un ‘buen amigo’. Ante un cambio tan drástico conviene revisar su comportamiento en el pasado, porque seguro que veremos algunas banderas rojas previas que quizá hemos ignorado”, señala Pilar Guerra Escudero, psicóloga clínica. “Tal vez haya cosas que no te han gustado, pero, en vez de  hacer caso a la intuición, las has llevado al raciocinio para justificarlas. No se cambia de la noche a la mañana, somos nosotros que nos hemos auto engañado”.

Reconducir o dar por perdida la amistad

Todavía te acuerdas de cuando os intercambiabais las sudaderas o aquellas meriendas compartiendo una palmera de chocolate porque no teníais dinero para más. Ahora tiene una nómina generosa y se burla de quienes como tú, no encuentran trabajo. O mantiene actitudes hostiles contra las minorías, recordándote con asco que tu hermano es una desgracia por ser gay. Llegas a plantearte que lo mismo Jon Nieve hizo bien retirando de la circulación a Khaleesi cuando se le va la cabeza y borra del mapa Desembarco del Rey.

Para Guerra Escudero  las reacciones normales ante ese cambio a peor se plasman en una escala de grises. “Apuñalar como Jon Nieve, por más ganas que nos puedan surgir, es una conducta que conecta con la rabia y la venganza. Y es más propio de un psicópata. La reacción más normalizada es la que emana de la perplejidad y el bloqueo, aunque se puedan tener pensamientos vengativos», señala.

En cuanto a reconducir la relación, habría que si esa persona te ha tenido engañada desde el principio y ya era un bicho desde mucho antes. Porque no se pasa de un día para otro de ser una bellísima persona a la frialdad afectiva y la nula conciencia del mal. En ese caso, lo mejor es darla por perdida para no salir dañada. «Desde mi punto de vista, lo mejor es la extinción, la retirada total de atención, el contacto cero o mínimo. Ir retirándonos, utilizando técnicas como la llamada piedra gris: tener una relación con ausencia total de emociones”.

Peligro: maltrato emocional

Olvidar a un amigo es difícil. Crees que si te esfuerzas por agradar, acabarás reconquistándole. Que lo mismo es que tú no te sabes adaptar, que eres una mojigata o que no sabes estar a la altura. Puede que incluso justifiques sus desdenes o sus crueldades. “Cuando una persona empieza a criticar, a dejar de lado, a buscar nuevas amistades, no da al amigo el valor que corresponde. A esto se le llama maltrato. Puede que alterne días de tratarte bien y mal, en un refuerzo intermitente muy peligroso. Si no eres consciente de ello, la relación puede desembocar en adicción emocional. Justificas el maltrato, al haber habido alguna conducta positiva, y sigues ofreciendo tu amistad, a la espera de una nueva conducta positiva».

Esta psicóloga alerta de que, al igual que en las relaciones de pareja, con los amigos puede haber una relación de dependencia que abre las puertas a que uno abuse emocionalmente del otro. Si tu ya ex amigo se ha pasado al lado oscuro, lo mejor es cerrar la puerta y marcharte. «Es un error empeñarse en tolerar o justificar sus gestos despóticos porque pierdes el amor propio en pro del amor hacia esa persona. En estas situaciones, recuperar la amistad ya es difícil. Más aún, es un sitio donde se debe permanecer”.

Pero, ¿no se da cuenta de su maldad?

Si le das un pisotón a alguien en el metro te das cuenta. Si haces un chiste y alguien se ofende, te das cuenta. Por eso una de las cosas que te trae por la calle de la amargura es cómo esa persona que antes era un amor disfruta haciéndote rabiar. Puede ser en tus propias carnes (con insultos o desprecios) o atacando tus valores o a aquellos a los que quieres (por ejemplo, mofarse de tu hermano autista o con obesidad). Quieres creer que en el fondo, se da cuenta de su maldad y que volverá atrás. “Pues depende. Si esa perversión es consecuencia puntual de un estado de ánimo que le lleva a tener unos afectos negativos, sí puede ser consciente e incluso puede pedir disculpas y reparar la relación”, apunta la psicóloga Guerra Escudero.

En otras ocasiones, esa maldad viene a ser su gasolina emocional. “Cuando esta perversión es un rasgo de la personalidad, estamos hablando de un trastorno afectivo, que puede englobar el trastorno narcisista de la personalidad, el trastorno de la personalidad psicopática, o el trastorno de personalidad antisocial. A estas personas les falta oxitocina. Tienen una carencia psíquica que les lleva a comportamientos de ausencia total de empatía y de frialdad afectiva. Son conscientes de su actitud, pero las consecuencias y el refuerzo que adquieren con el sufrimiento del otro son tan grandes, que lo necesitan como suministro”.

Cuidado: es adicto a hacerte sufrir

Cuando Khaleesi se monta en el dragón para castigar a Cersei, y, de paso, se lleva por delante a todos sus súbditos, ¿sufre aunque no lo exteriorice o va tan a tope de adrenalina que ni se daba cuenta de la escabechina? “Lo segundo. En esos momentos la adrenalina es tan fuerte que es como una droga. Somos adictos emocionales cuando dependemos de la droga del maltrato, pero también cuando necesitamos el dolor del otro como suministro para nuestro propio goce”, explica la psicóloga Guerra Escudero.

Para Laura Palomares, directora de Avance Psicólogos la cosa se complica si en la nueva vida de esa persona hay una situación de poder. Ya sea tener tropas y un dragón con malas pulgas, ser jefe de proyecto, futbolista de un equipo de primera, líder de un grupo o, simplemente, ser rico y con casoplón. “El poder puede llegar a desequilibrar mucho cuando uno no está preparado para asumirlo. Se llega a perder la empatía con los demás por mantener un poder. Llegado el momento algunas personas adictas a esa posición predominante pueden llegar a sacrificar lo que más quieren con tal de mantenerlo”.

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