Diario de una ‘runner’ inexperta: carrera en el descanso del trabajo

La Quinta de Los Molinos no es un parque, es un estado de ánimo. Foto: María Ovelar

La Quinta de Los Molinos no es un parque, es un estado de ánimo. Una antigua compañera de trabajo me lo había descrito así y yo me puse las zapatillas para comprobarlo. En el intermedio viajero toca silla, toca oficina, toca polígono. La redacción de S Moda está en el edificio de El País, en Suances, en el barrio madrileño de Pueblo Nuevo. En su caparazón, construcciones grises y tediosas. Por dentro, la calidez de unos almendros en flor (a pesar de las fechas).

La Quinta es una depuradora de estrés, tensión y problemas. A la hora de comer nos cruzamos por sus senderos de fuentes, pinos y cipreses, varios corredores. Al mirarlos los imagino sin sus camisetas de elastano, sus mallas fluorescentes y su calzado con plantillas especiales delante de un ordenador. Los veo en tacones y mocasines, con faldas hasta la rodilla y camisas a rayas. Los vislumbro enfadados, frustrados o molestos. Deben ser mis traspiés de runner los que me infunden esta perspectiva. Estoy concienciada pero no (siempre) reciclo y por ello me deberían meter en la cárcel. Pero la soledad del corredor de fondo me convierte en ecologista frustrada. Durante la carrera me pararía a recoger cada papel del suelo, cada bolsa de plástico. Hasta cada chicle. Con tal de parar. No mido mis tropiezos. Ni llevo ningún wearable que registre los kilómetros recorridos. Los podría capturar con alguna app (Endomondo o Nike + Running) pero me da pereza. Tal vez sea miedo al fracaso.

Así sí se reponen fuerzas.

Así sí se reponen fuerzas. Foto: María Ovelar

Lo del dispositivo de fitness tiene solución. En breve estranaré iwatch. Lo confieso, me declaro stevejobscreyente. A no confundir con applecreyente, desde la muerte del fundador (sí, lo sé, era un déspota), los lanzamientos de la empresa tecnológica no me enganchan (tanto). Y la perspectiva de vivir bajo la dictadura de la notificación me tienta menos (aún). Esposarme con una pulsera que me avise de cada whats app, mensaje o email se me antoja estresante. Pero no me vendría mal medir mi evolución. O involución. Sea ascendente, descendente o plana. Podremos soportarlo. Será menos doloroso que volver después de correr por la Quinta del Molino al edificio de El País para ducharse (sí, hay duchas) y sentarse delante del ordenador. Sin mocasines ni tacones, pero con cara de frustrada.

Después del esfuerzo, la recompensa.

Después del esfuerzo, la recompensa. Foto: María Ovelar

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