Alargascencia: así es la guerrilla contra la obsolescencia programada

Esta iniciativa propone dar una segunda o tercera oportunidad a las cosas, reparándolas o rediseñándolas; al mismo tiempo que evita agotar los recursos naturales y generar más basura.

Alargascencia: así es la guerrilla contra la obsolescencia programada

¿Somos tan listos como para llevar un robot a Marte pero no nos dura una tele más de cinco años? Foto: Getty

Puede que algún día la generación del usar y tirar llegue a su fin y los padres cuenten a sus hijos cómo hubo un tiempo en el que la humanidad, arrogante y despilfarradora, se permitía el lujo de crear objetos para un solo uso, a costa de los valiosos y limitados recursos naturales. Puede que algún día existan leyes que impidan que los productos manufacturados tengan la muerte programada para beneficio de las multinacionales, para las que nada es nunca suficiente.

De momento, una nueva tendencia asoma tímidamente en el horizonte. La alargascencia, que en contraposición a la obsolescencia programada, pretende darle una nueva oportunidad a las cosas rotas, gastadas y con historia a sus espaldas. Talleres de reparación, como Mon atelier en ville, en pleno París; bricolaje asistido, como La Bricolajería, en Palma de Mallorca; alquiler de herramientas o máquinas para uso puntual, compra de segunda mano, préstamo o trueque son las nuevas consignas que no solo evitan la generación de más basura y la compra de nuevos ítems, sino que empiezan a ser una nueva opción de vida para muchos que abren pequeños negocios y talleres.

El término alargascencia lo inventó la asociación Amigos de la Tierra hace unos dos años. “Teníamos una campaña contra la obsolescencia programada, pero queríamos traspasar parte del trabajo, de la responsabilidad a la ciudadanía para que se comprometiera en no tirar tantas cosas y en recuperarlas. Pensando en un nombre nos salió éste”, comenta Alodia Pérez, responsable del área de Residuos y Recursos Naturales de esta asociación ecologista.

Aunque relacionemos la obsolescencia con las máquinas, ordenadores y derivados de la tecnología, lo cierto es que ésta empezó mucho antes. Según Alodia, “en los años 20 del siglo pasado, con las bombillas y las medias. Los fabricantes de estos productos se dieron cuenta de que eran tan buenos y duraban tanto que no hacían negocio, por lo que decidieron rebajar su calidad para incrementar las ventas”.

Que parezca un accidente

A las marcas no les faltan ideas ni creatividad a la hora de acortar la vida de sus productos. La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) publicaba un estudio en el que se preguntaba, “¿Somos tan listos como para fabricar robots que llegan a Marte, pero incapaces de diseñar una lavadora que dure 15 años?”, y acto seguido pasaba a enumerar los trucos que estas mentes prodigiosas traman para vaciar nuestros bolsillos. Por ejemplo, algunas impresoras llevan un software que hace saltar un código de error al cabo de determinado número de copias. Además, los avisos de falta de tinta aparecen muy pronto, para que los más precavidos cambien los cartuchos antes de agotarlos. Otras impresoras rechazan imprimir o se declaran agotadas si no reconocen el cartucho de la marca.

La batería recargable del cepillo eléctrico pierde capacidad muy deprisa. Pero está integrada de modo que no puede sustituirse por otra. Cuando la autonomía es muy pequeña, el cepillo resulta incómodo y se tira aunque funcione como el primer día.

Una batidora es un mecanismo muy sencillo, que podría durar toda la vida. A no ser que las piezas que sufren más roce se hagan de de un plástico de pobre calidad. Las lavadoras de nuestras madres tenían el tambor de metal, ahora el 80% es de plástico. Antes la resistencia que calentaba el agua era eterna; ahora depende de un fusible que se rompe demasiado pronto. Incluso hay rodamientos engrasados con una sustancia que acaba filtrándose al tambor y manchando la colada.

Las reparaciones de algunos iPhones serían muy sencillas si no fuera por la imposibilidad de abrir la carcasa, remachada con tornillos pentalobulares, para los que no sirven los destornilladores comunes. Además, cada nuevo modelo varía ligeramente el dibujo del tornillo.

No le merece la pena arreglarlo

A todas estas artimañas se suman, en el mundo de los productos tecnológicos, el hecho de los nuevos programas, aplicaciones o actualizaciones, que se nos presentan como un peaje inherente al progreso. El coste que hay que pagar para mantenerse en el exclusivo mundo de la tecnología punta y que no todos los equipos, ordenadores o móviles soportan, con lo que debemos hacernos con otros nuevos que si lo hagan.

David Benito es técnico informático y dueño de Dabit Informática, en Albelda de Iregua (La Rioja), un taller de reparación de ordenadores, móviles y tablets, que aparece en el directorio de establecimientos comprometidos con la alargascencia, creado por Amigos de la Tierra.

Muchos desperfectos o problemas en los ordenadores pueden arreglarse, a pesar de que si los llevamos al servicio técnico de la marca nos contesten con la célebre frase: “no le merece la pena arreglarlo”. “Es el caso, por ejemplo, de las placas base en los portátiles, que tienen que ser del mismo modelo”, apunta Benito, “la mayoría pueden sustituirse y el arreglo puede costar alrededor de 100 €, aunque en muchos sitios te proponen que te compres un ordenador nuevo. Las pantallas de portátiles, tablets o móviles también pueden cambiarse en caso de que se quiebren o se rompan y las televisiones son ahora mismo los electrodomésticos que menos se reparan porque los arreglos son caros y los precios han bajado bastante”.

El francés Yves Taisne abrió a finales del año pasado lo que el llama un taller de ‘bricolaje asistido’, La Bricolajería, en Palma de Mallorca. “Ofrezco herramientas y ayuda profesional a aquellos que quieren arreglar cosas pero les faltan conocimientos y equipo. Es decir, que soy como ‘el cuñado’ del barrio. El 80% no tienen ni idea y a veces me encargan que yo lo haga, pero mi objetivo es que cada uno lo arregle por si mismo, aunque necesiten de mi ayuda”, cuenta Taisne que reconoce que el 70% de sus clientas son mujeres. “Ellas son más hábiles trabajando, lo que pasa es que les falta confianza. Ellos, sin embargo, son más del “esto lo hago yo en un momento”, aunque aquí pueden venir a utilizar máquinas o herramientas. No tiene sentido que todo el mundo tenga un taladro en casa cuando lo usamos una o dos veces al año. Es mejor que alguien te lo preste o alquilarlo por unas horas”.

30 minerales para un iPhone

La alargascencia no solo es buena para nuestros bolsillos sino para el planeta, ya que así se genera menos basura y se consumen menos recursos naturales, como el aluminio o el coltán, un mineral con la capacidad de resistir altas temperaturas, muy utilizado en las baterías de los móviles, GPS u ordenadores.

La República Democrática del Congo concentra cerca del 80% de las reservas de ese mineral, lo que no se ha traducido en riqueza ni beneficios para el país africano sino en todo lo contrario. Según argumentaba un artículo de eldiario, “el coltán ha recrudecido el conflicto existente ya en ese territorio y los minerales se han convertido en una oportunidad para alimentar esa guerra”. En una población donde cerca de la mitad son menores de edad y donde la extracción del mineral es complicada para un cuerpo adulto, muchos niños son víctimas de trabajo forzado y explotación infantil. “Solo un 10% de las minas son legales y si un kilo de coltán por la vía legal cuesta 1.000 euros, por la ilegal se consigue por solo 200 euros”, sentencia el artículo.

Un teléfono inteligente contiene más de 30 minerales y es muy probable que para la extracción de esas materias primas se haya utilizado mano de obra en situación de esclavitud, en países en conflicto. Tema central del reportaje Viaje a la zona cero del mundo digital de la periodista Gemma Parellada.

Amigos de la Tierra con su campaña #SeMerecenUn10 (de la que ha recogido ya más de 3.000 firmas) propone una reducción del IVA, del 21% actual al 10% para las empresas de servicios de reparación, alquiler y segunda mano, ya que realizan una importante labor social y medioambiental. Al reducir la carga impositiva sobre estos servicios, y por tanto sobre su precio, se fomentará la practica de la reutilización frente a la compra de nuevos productos y se invita a los fabricantes a que hagan productos reparables y duraderos

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