Oda al aburrimiento: la ruta más eficaz para potenciar la creatividad

En este mundo supersónico es importante parar, perder el tiempo y no hacer nada. También llegar al tedio: el aburrimiento es un poderoso mecanismo para activar el cerebro, relajarse y practicar la introspección.

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Kate Bosworth y Ginnifer Goodwin, muy aburridas en un fotograma de la película ‘Una cita con tu ídolo’ (2004). Foto: cordon press

“El aburrimiento de la ostra produce la perla”, sentenció el escritor José Bergamín, adelantándose a los recientes estudios en el campo de la neurología, que empiezan a ver esta ‘no actividad’ con tan mala prensa como un excelente potenciador de la capacidad cerebral.

“Imaginemos que una persona está en una situación apática, que le resulta desagradable y que no le aporta nada”, señala Pablo Irimia, neurólogo del departamento de Neurología de la Clínica Universidad de Navarra y presidente de la Sociedad Navarra de Neorología, “en este contexto hay dos áreas del cerebro que disminuyen su actividad: el lóbulo frontal, involucrado en los procesos de atención; y la ínsula, que responde a estímulos de naturaleza emocional. Ambas partes se ralentizan, pero si la persona busca un estímulo para salir de ese estado y lo encuentra, logra que esas zonas vuelvan otra vez a estimularse y se produce un cambio en esa área cerebral. Es pues importante tener ratos de inactividad y hasta de aburrimiento, porque así el cerebro se está entrenando. Y, por supuesto, el estímulo será mayor, cuanto más creativa sea la solución para paliar la apatía”.

Aquellos que van en busca del entretenimiento rápido (llamar a un amigo, encender la tele, ver las redes sociales) para abortar el primer signo de desidia, están impidiendo que el cerebro se beneficie de este interesante ejercicio. “Para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía” dijo Bertrand Russell.

Como apunta Ana Roa, psicopedagoga, profesora de educación infantil y miembro del Colegio Profesional de Educación a Medida y del COPOE (Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España), “los espacios vacíos, libres de tareas, actividades y juegos, son imprescindibles en el desarrollo de los más pequeños, ya que en ellos se descubren los propios intereses, las motivaciones y están muy vinculados a la creatividad. El famoso pensamiento divergente, que consiste en dejar que la mente y la emoción fluyan sin premisas, el aprendizaje cooperativo y colaborativo, la gamificación (aprendizaje a través del juego), son las nuevas técnicas didácticas que se están aplicando en los mejores colegios del mundo, y en España empiezan a usarse, tímidamente, en infantil”.

La mente es como una sala de estar, en la que tan importante es el mobiliario como el espacio vacío. Una habitación atiborrada de muebles no es útil ni práctica. Se necesitan los objetos precisos pero también que haya espacio entre ellos; de esta forma, uno puede moverse y éstos lucen mejor, pero el verbo parar vive sus horas más bajas en una sociedad basada en la conexión 24 horas y la filosofía del esfuerzo aunque, por otro lado, vemos que las personas más exitosas o más ricas no son siempre las más inteligentes ni las que han trabajado más duro.

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Una aburrida muy Edna Krabappel, de ‘Los Simpson’. Foto: cordon press

En opinión de Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), con consulta en Avilés, “existen unos conceptos erróneos, a nivel social, pero que todos reproducimos sistemáticamente y que deberíamos desterrar. A saber: identificar la valía personal con lo que hacemos o producimos, creer que ser responsable es sinónimo de no tener cinco minutos libres o caer en la tiranía del ‘debería’ o ‘tendría que estar haciendo’, que ensombrece nuestros ratos de ocio. La filosofía del esfuerzo ha calado tan hondo que todavía se oye la frase ‘no consigue nada pero al menos se esfuerza’, un sinsentido del desperdicio energético”.

La filosofía del esfuerzo ha calado tan hondo que todavía se oye la frase ‘no consigue nada pero al menos se esfuerza’, un sinsentido del desperdicio energético”.

Para esta psicóloga, nuestra mente es como un ordenador al que, de vez en cuando, hay que apagar y resetear porque si no acabará estropeándose. “Tener momentos de no hacer nada y hasta de aburrimiento es excelente para la creatividad, el conocimiento de uno mismo, el libre pensamiento, la reflexión. Porque parar es reparar, cogiendo este término en su doble sentido; por un lado reparar es fijarse en algo, y por otro significa arreglar”.

Dejar espacios en blanco y desconectarse

Los budistas sostienen que la mente es el mono loco que convierte nuestra vida en un torbellino; de ahí la necesidad de la meditación, de no hacer nada, de buscar espacios en blanco, para apaciguar y calmar a ese animal desbocado.

“La mente nos engaña mucho. Es como un niño caprichoso al que nunca se le han puesto normas y que tiraniza a sus padres”, comenta Elena Alfaya, miembro del personal docente e investigador de la Universidad de A Coruña, especializada en mindfulness y creadora del Centro Karuna, en esa misma ciudad gallega. “Un ejercicio que pongo el primer día a mis alumnos es coger una botella llena de agua, echarle arena y agitarla. Mientras está turbia, es imposible ver nada tras ella, pero si dejamos de moverla y esperamos a que repose, la arena se irá al fondo y el agua recuperará su estado transparente. Lo mismo ocurre con nuestra mente, que puede dividirse en dos partes: el observador, que somos nosotros, y la corriente subyacente, ese barullo mental de ideas que puebla nuestras cabezas. El problema es que nos identificamos con esta segunda parte y no con la primera, y perdemos el control”, comenta Elena.

El mindfulness busca recuperar los mandos. Nadie nos ha dicho nunca cómo hacerlo e incluso pensamos que esa tarea es imposible, pero hay técnicas para convertirse en un observador y ver pasar todo ese torbellino de pensamientos sin involucrarse en ellos, sin que perturben nuestro estado de ánimo. La única condición es pararse, no hacer nada.

Enric Puig Punyet, además de filósofo pertenece a la nueva tribu de los ‘desconectados’. No está en las redes sociales y utiliza un teléfono móvil que solo sirve para recibir y hacer llamadas, aunque en casa tiene ordenador y navega por Internet. Su libro La gran adicción (Arpa), alarma de una realidad limitada a lo que ocurre en las pantallas y presenta casos de personas que han optado por la desconexión, con éxito.

Uno de los peligros del constante enganche es, según Enric, “la eliminación de esos momentos de vacío, aburrimiento, en los que no se hace, aparentemente, nada pero que son muy importantes porque nos invitan a la introspección, la reflexión. Son un descanso para nuestro cerebro y, a menudo, son el germen de las buenas ideas, ya que la sobreestimulación es lo que nos mantiene, muchas veces, bloqueados”. “El aburrimiento, después de todo, es una forma de crítica”, dijo el abogado estadounidense abolicionista, Wendell Phillips (1811-1884).

Cada vez más expertos aconsejan que una excelente medida para prevenir el estrés y la ansiedad es concederse una hora cada día para no hacer nada, estar con uno mismo, aburrirse o dejar que el cuerpo o la mente nos hablen. Algunos la utilizan para meditar, pero este espacio admite todo tipo de planes: asomarse a un balcón y ver la vida pasar, dar un paseo sin rumbo fijo o sentarse en un parque.

Todos los días hay que dedicar una hora a no hacer nada, o hacer algo desde la no planificación, manejamos muy mal la incertidumbre.

La filósofa Teresa Gaztelu, que hacen lo que se llama praxis filosófica (consultas individuales en las que, como en una terapia psicológica, el filósofo trata con su consultante los temas y cuestiones que le preocupan), pone diferentes ejercicios a sus alumnos, basados siempre en la búsqueda de esa inacción. “Todos los días hay que dedicar una hora a no hacer nada, o hacer algo desde la no planificación, porque manejamos muy mal la incertidumbre. Podemos decir que el sufrimiento es la no aceptación de lo que ocurre y esa aceptación se da cuando paramos y nos escuchamos a nosotros mismos”.

La sana costumbre de soñar despierto

En el ámbito laboral, aburrirse es un estado cada vez más insólito, en un entorno en el que generalmente faltan horas para realizar todas las tareas, pero deberían ser deseables pequeños momentos sin hacer nada, ya que como apunta Olga Cubillas, coach laboral y de vida, certificado PCC y practitioner en PNL, “nuestro cerebro es como un coche, si se tienen encendido mucho tiempo, el motor se recalienta y eso a la larga estropea el vehículo. Con nuestra mente pasa lo mismo. Hay que darle páginas en blanco, para que descanse”.

En opinión de Cubillas, el aburrimiento en pequeñas dosis es muy necesario y tiene excelentes propiedades. “Reduce el estrés y los niveles de cortisol, nos ayuda a conocernos y tomar mejores decisiones. Pero además, cuando estamos aburridos puede activarse el mecanismo de soñar despierto, que es algo así como un boceto de nuestras metas y anhelos, que se sustenta en el pensamiento creativo. Otra consecuencia benéfica del tedio es el bostezo, actividad que oxigena y relaja el cerebro. No hacer nada es reparador y nos hace más eficaces y productivos”. Como dijo Unamuno, “hay algo de dulce y sosegado, y sobre todo de sabio, en eso que los hombres del mundo llaman aburrirse”.

Nuestro cerebro es como un coche, si se tienen encendido mucho tiempo, el motor se recalienta y eso a la larga estropea el vehículo.

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