Yo adelgacé, pregúntame cómo

mujerbasculaDe joven mi madre me decía: “Si comes por la calle, no ligarás”. Y claro, desde entonces, me he sentido culpable cada vez que salía de una panadería con un cruasán en las manos.

Aun así, en casa se han comido toda la vida tres platos (primero, segundo y postre) y, por supuesto, con pan (eso significa que hasta las migas se comían acompañadas con pan, por mucho que en casa el refrán “pan con pan, comida de tontos” fuera habitual).
Esa educación gastronómica ha propiciado que me pasara gran parte de mi vida haciendo dieta. Las he hecho casi todas. Bueno, la de la alcachofa no (no me inspiraban confianza los personajes públicos que la promocionaban y el photocall en el que posaban era horroroso).

El objetivo, siempre el mismo independientemente del régimen, ha sido frenar las curvas genéticas: todas las mujeres de mi familia por parte de mi madre, vistas por detrás, ya sean gordas o flacas, tienen las caderas pronunciadas. Tenemos lo que se viene llamando siluetas “cántaro” y, a la que te descuidas, el cántaro te come a ti.

Pensaba en todo aquello cuando llegué a la consulta de mi nueva nutricionista, la doctora Matilde Bayton. Siempre que me siento ante un profesional me da la sensación de que, en cuanto me ve, ya es capaz de detectar que en un menú de bar escogería antes los canelones que la ensalada. No porque mi físico me delate –que, vamos, no soy Claudia Schiffer pero tampoco Queen Latifah–, sino porque con mirarte a los ojos saben que les estás mintiendo cuando les dices que no entiendes por qué engordas, si en realidad comes poco…
Efectivamente, Bayton tarda dos segundos en confirmarme que esa es la frase típica de quien no suele alimentarse bien. “Alimentarse bien significa comer de todo sin excederse”. Y yo tardo dos segundos en decirle que esa es la frase típica de un médico. Y le pongo en antecedentes: he hecho todas las dietas menos la de la alcachofa y esta, la de la Zona. “¿Tiene usted algo nuevo que contarme?”

Bayton acepta el reto. Me va a convencer de que su sistema de alimentación es el mejor. Primero, dice, porque no es un régimen: es un estilo de vida. Segundo, porque, si lo hago bien, no voy a pasar hambre. Y tercero, porque, si lo hago bien, adelgazaré de tres a cuatro kilos cada tres semanas. Hago cálculos: si me paso tres meses haciendo la dieta de la Zona me quitaré unos diez kilos (en realidad, si contamos bien, tres meses darían para reducir 12 kilos, pero pongamos que un día me topo con un bote de Nutella y se me va la cabeza. Antes de comenzar cualquier dieta es muy importante hacerse a uno mismo el análisis DAFO: detectar tus propias Debilidades y Fortalezas, así como saber reconocer las Amenazas y las Oportunidades).

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Pienso: ¿Qué es un trimestre en la vida de una persona? ¡Si ni siquiera es un curso completo! Así que yo también acepto el reto. Pero ¿en qué consiste?

La doctora me explica que, de algún modo, quiere “reeducarme” gastronómicamente hablando. A partir de ahora comeré un 40% de hidratos de carbono, un 30% de proteínas y un 30% de grasas en cada una de las cinco comidas diarias. De este modo, me cuenta, se consiguen estabilizar los niveles de insulina en sangre, favoreciendo que la grasa acumulada se vaya eliminando. Le digo que muy bien, pero que yo soy de letras, que si me lo puede explicar mejor.

“En el desayuno puedes comer 30 gramos de jamón cocido (proteína) una pieza de fruta pequeña (hidrato de carbono) y tres almendras (grasas); en la comida, ternera, pollo o cerdo (proteína) con verduras (carbohidratos) y la grasa del aceite; en la cena, siempre pescado (proteína) y una ensalada libre (hidrato de carbono), y la grasa del aceite; y para media mañana y media tarde, una bolsita de MiniRocks y un Snack EnerZona”. ¡Ah! Ya lo entiendo: ustedes hacen negocio con el almuerzo y la merienda vendiendo sus productos. “No, puedes comer también un yogur desnatado más una nuez o una fruta pequeña más 30 gramos de queso fresco y tres almendras”. ¡Ah! Ya lo entiendo: ustedes quieren que me pase el día pesándolo y contándolo todo. “No, en realidad es tener un poco de sentido común y dividir el plato en tres: puedes comer 1/3 de proteína y 2/3 de hidratos de carbono (más la grasa que se añade con el aceite)”. ¡Ah! Ya lo entiendo: entonces lo que usted quiere es cambiarme el cerebro y que las décadas que llevo comiendo lo que mi madre cocina se esfumen de mi mente. “Sí, precisamente eso es lo que quiero, que crees tu propio sistema de alimentación”. Bueno, entonces voy a probar a ver…

A las tres semanas perdí cuatro kilos, sí. Y debo decir que los productos de la dieta de la Zona me ayudaron a matar el gusanillo en más de una ocasión cuando me olvidaba el yogur. Al César lo que es del César. En total he adelgazado nueve kilos pero la dieta hubiera cumplido con sus objetivos si no hubiera sido porque el bote de Nutella se interpuso dos veces en mi camino. Tampoco pasé hambre: solo tuve que mirar al frente para esquivar los chocolates, tartas y roscones que llegaron a la redacción durante toda la Navidad y que me colocaban justo al lado. ¿Envidia? Mucha, pero ahí estaba mi yogur para socorrerme. La doctora Bayton me felicitó por mi progreso y aprovechó para contarme la historia de dos hermanas gemelas que acudían a su consulta, eran igualitas pero algo les diferenciaba. Una se había casado con un chico rico y otra con uno que no ganaba tanto. La primera, además de hacer la dieta de la Zona, se hacía tratamientos adelgazantes. La segunda, no. Por eso, al mirarlas desnudas, a pesar de tener las piernas con la misma forma, una sufría claramente flacidez y la otra tenía las carnes prietas. Con esta fábula creo que me estaba aconsejando que me casara con un rico. Pero, ¡ay! Llega tarde. Yo es que ya he encontrado el amor y me quiere tal y como soy:
la que tiene problemas soy yo, que voy saltando de dieta en dieta.