El día que me puse extensiones en las pestañas

Shelley Duvall, en 1970. Foto: Cordon Press
Shelley Duvall, en 1970. Foto: Cordon Press

Mi amiga llegaba tarde como de costumbre. Cuando me giré para decirle el ya tan habitual “no te preocupes” que suelo decirle, quedé impactada ante los ojazos que me miraban. Como mi cara de perplejidad lo decía todo, ella esbozó una sonrisa y sentenció:
-Extensiones de pestañas.
Solo le bastaron cuatro frases para convencerme: no hace falta maquillarte nunca, te levantas con ellas intactas, no dañan las naturales y te puedes lavar la cara con total normalidad.

Las extensiones de pestañas no era algo que me llegase de nuevas. Sabía que existían desde hacía años. Pero fue verlas en los ojos de mi amiga y decidí lanzarme.

Esa misma noche ya tenía el contacto y me encontré llamando a Lovely Lashes. Apunté la fecha en mi móvil, deseando convertirme en una cobaya por la causa. Qué bien dormí esa noche, como si coger esa cita sin pensármelo ni un segundo hubiese sido la proeza del día.

 

SUPERAR TRAUMAS

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Siempre he admirado a esas chicas que usan lentillas y se las ponen y quitan, con arte y salero, en sitios tan comunes como el autobús o en medio de una clase . Como si fuese lo más sencillo del mundo. Por eso, cuando me tumbé en la camilla lista para ponerme mis pestañas postizas, recordé un detalle que he omitido y que no tuve en cuenta hasta ese instante. No soporto que nada se acerque a mis ojos. Tengo pavor a cualquier cosa, animal o partícula que se encuentre a menos de diez centímetros de mis globos oculares. Para que me entendáis algo más, jamás he necesitado lentillas. Con 15 años tuve la genialidad de ponerme unas de color. Fue una catástrofe. Una catástrofe que duró 90 minutos, 45 por lentilla.

Antes de comenzar, la especialista del salón analizó mis pestañas. El trato fue muy cercano. Ella transmitía tranquilidad, la misma que perdí con el primer paso. Acababa de auto-tranquilizarme cuando me puso unos parches en la zona inferior del ojo para sujetar las pestañas inferiores, facilitando el trabajo.

-Relájate.

Estupendo, en eso estaba pensando mientras me colocaba a nada más y nada menos que DOS centímetros de mis ojos los parches con unas pinzas amenazantes.

-El tratamiento se realiza mientras tú te relajas y cierras los ojos.

Ah vale. Puedo relajarme. No voy a ver nada puntiagudo acercándose a mis pupilas (suspiré profundamente aliviada). Inspiré y me enfrenté a otro problemilla: la presión de los parches me impedía cerrar los ojos, y aún menos relajarlos. Me vi obligada a comentárselo e inmediatamente me dijo: “Es normal, espera un segundo”. El segundo más largo de mi vida pasó e instantáneamente estaba aliviada y relajada. Sorprendentemente, me acomodé y me limité a escuchar la voz de la esteticien, que me narraba el tratamiento mientras su voz se hacía lejana, por momentos, debido al relax en el que me sumergía lentamente.

Noventa minutos después me incorporé en la camilla. Me plantaron delante un espejo que me devolvió el reflejo de una mirada que no hubiese obtenido jamás ni vendiendo mi alma al rizador, suplicando a todas las máscaras de Dior o recurriendo a esas pestañas postizas fugaces. Mi amiga me lo aseguró, y yo tuve que verlo para creerlo. Y lo ví, creedme que lo ví.

 

PROCEDIMIENTO

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Lo primero que hacen en Lovelylashes es limpiar bien la zona de los ojos con desmaquillante de ojos.

Te colocan unos parches relajantes e hidratantes en frío que a su vez sujetan las pestañas inferiores.

Aplican un pre-tratamiento sobre la pestaña superior para asegurar la correcta adhesión de cada pelo.

Con las pinzas se separan una a una las pestañas y se colocan las extensiones encima de cada una individualmente.

Se repite el proceso con cada pestaña, hasta colocar aproximadamente unas ochenta pestañas por ojo.

Cuando están todas colocadas se separan de nuevo una a una para comprobar la movilidad y que no estén pegadas entre sí.

El proceso finaliza con el cepillado de las mismas y la aplicación de un último y ligero adhesivo en spray para sellar por completo.

Antes de irte te explican como debes de cuidarlas, el tiempo que durarán hasta la próxima sesión y te obsequian con un peine para tratarlas durante los primeros días. Lo recomiendo, el resultado es impactante. Después de dos semanas puedo decir que siguen intactas. Del trato, qué decir: su personal logró acabar con uno de esos traumas sin sentido pero muy sentidos.