El chico que vistió falda (y sobrevivió para contarlo)

Foto: Mirta Rojo
Foto: Mirta Rojo

El despertador sonó como cada mañana. La jornada matutina no presentaba novedad alguna a excepción de un minúsculo detalle, ese día vestiría falda. ¿Qué por qué? Estaba dispuesto a derrumbar el cliché que tachaba al sexo masculino de poder usarla. La prenda ya se ha hecho un hueco en el ropero de muchos hombres alrededor del mundo, por qué no en el mío. Incluso se ha convertido en un símbolo de identidad para diversos iconos masculinos actuales, entre ellos Jared Leto, Kanye West o el ya adepto a ellas Marc Jacobs. Para el experimento/ experiencia social recurrí a un diseño bastante austero y molón de Alfonso García.

Aunque salí de casa con la sonrisa puesta, lo de saltar ese día no encajaba en mis planes. De mi seguridad da constancia el portero del vecindario, que creyó ver a un ángel de Victoria’s Secret desfilar por la galería. No sé qué tiene la prenda que te obliga a caminar erguido, aportándote un extra de confianza. Aún así, mi primera prueba se imponía de manera inexorable: el metro.

Allí estaba nuestra amiga la sociedad. A la cita no faltó ni uno. El estudiante joven que con su mirada avala lo guay que te queda, la señora que va camino del súper y cree haberse perdido en el carnaval de Gran Canaria, o el ejecutivo trajeado que no puede sino sentir envidia de tu libertad íntima. Todos de repente coinciden en algo, hay algo raro en el vagón, que ríete tú del octavo pasajero. Aquí somos muy de eso, muy de examinar al prójimo como si nos dieran lotería por ello. Parecía inevitable y sucedió: “¡Uy! ¿No tienes frío?”, pregunta una chica sonriente. La falda masculina derrumba cualquier barrera comunicativa. Es comúnmente conocido que a un hombre con falda puedes hablarle cómo y cuándo quieras, porque claro, lleva falda y debe ser muy extrovertido y amigo de sus amigos. Antes de que se acerque la chica que se hizo blogger la semana pasada y que te pide que poses para ella, llego a mi destino.

Foto: Mirta Rojo
Foto: Mirta Rojo

Como el universo no iba a parar por mucho que yo enseñase pantorrilla aquella mañana, me enfrentaba un examen. Y a 120 miradas que estaban a punto de evaluarme también. Muchos debieron creer que el examen desembocó en un trastorno colegial. Aquí llegaba la parte negativa: las –no requeridas– opiniones personales. En un acto de discriminación positiva, todos tienen algo original que opinar sobre tu atuendo. No me malinterpretéis, se agradece, pero yo no paro a viandantes con zapatos que me encanten y les abordo con mi veredicto particular. ¿Por qué ese día conmigo sí?

A la hora del almuerzo más de lo mismo, “¡al escocés se le atiende primero que llega tarde al curro!”, grita el encargado del comedor. Tanta preferencia favorable empezaba a hacer mella. Y eso que del día anterior solo variaba en mí una prenda de ropa.

Esa misma tarde acudo a redacción como cada día y allí es todo un éxito. “Carne de street style” como a las compis les gusta calificar. Había pasado del Carnaval de Gran Canaria a ser el redactor del siglo XXI en apenas unas horas, ¡y sin usar el Delorean!

Mi periplo tocaba a su fin, aunque aún quedaba el reto más divertido: tomarte esa copa que te despejaría de tu día. Pero en la barra del bar todo vale, ni la mismísima María Jiménez tras su paso por El Rocío podría destacar de entre la multitud. Acompañados de un gin-tonic, todos tienen una visión cosmopolita de la vida. Incluso hay quien se cree Karl Lagerfeld. Definitivamente había superado la prueba.

A esa altura de la jornada ya poco tenía que ver con un ángel de Victoria’s Secret, más bien parecía un descarte de Supermodelo 2007. No obstante el experimento seguía en pie hasta el momento en que llegase a casa.

Conclusiones

A pesar de la mitología creada alrededor de la falda en el mundo viril, afirmo: NO es una prenda tan cómoda (y mucho menos fácil) de vestir.

Es muy posible que en España aún no estemos preparados para democratizar la falda, pero puede que este sea un buen momento para hacerlo.

Ir al lavabo en falda por primera vez se convierte en una prueba del Grand Prix, de la que incluso llegas a echar de menos a la vaquilla.

Lástima, Billy Wilder no adjuntó manual de instrucciones alguno en Con faldas y a lo loco. De lo que sí estoy seguro es que a partir de ahora miraré con más admiración, si cabe, a esa chica que con carpetas, prisa y falda cruza la Gran Vía madrileña, esquivando conductos de aire para pedir un taxi. Sin que nadie valore el hecho de que están presenciando un ejercicio olímpico inigualable.

Foto: Mirta Rojo
Foto: Mirta Rojo