Por qué la copa menstrual no es una guarrería

Joan Bennett Lying on Red Covered Bed
Joan Bennet, en una imagen de archivo. Foto: Corbis

No vengo a romper tabúes. Tampoco a ganar adeptos. Sí es cierto que, en parte, vengo a defenderme un poco de las caras de asco y los tonos despectivos de  la frase “eso es de guarras/de hippies/de tiradas” que llevo escuchando desde hace casi dos años. Desde que le cuento a amigas y compañeras que uso la mooncup, o copa menstrual, y que lo hago con tanta satisfacción como ellas con sus tampones y compresas.

Para empezar a contar mi experiencia quiero aclarar un par de puntos. Uno: No soy hippie, ni pija, ni indie, ni nada. La copa menstrual me la presentaron amigas (ídem) hace un par de veranos. Dos: me gustaría decir que la copa menstrual que he probado la compré yo misma. Recuerdo que me costó 27 euros. Por lo que tengo entendido, los precios oscilan ahora entre los 15 y los 30 euros.

Toma de contacto

La compré en el verano de 2011 y me costó unos meses comenzar a usarla, como hasta la Navidad de ese mismo año. En un principio solo la utilizaba por las noches. Era algo difícil acostumbrarme a ponérmela y quitármela; me costó un poco cogerle el truco hasta que la usé cuatro o cinco veces. La copa es, como su nombre indica, una copa de silicona estanca con unos pequeños agujeritos en la parte superior (marcan el tope hasta el que puede llenarse) y tiene un pequeño pitorro añadido en la parte inferior para poder tirar de ella y sacarla. Al principio, sin embargo, la silicona de la copa resulta algo gruesa y dura, y hay que acostumbrarse a ponerla y sacarla hasta que uno se acostumbra. Supongo que es como las primeras veces que nos ponemos tampones, solo que esa tarea ya está mecanizada.

Imagen vía mundoecologico.es
Imagen vía mundoecologico.es

Dormir con la copa menstrual me resultó comodísimo. Aguanta perfectamente toda la noche, y para alguien que tiende a manchar mucho y durante bastantes días (cinco o seis), no tener que estar preocupándote por si te mueves y hay escapes por la noche es fundamental. Pero llegó el momento en que me planteé ponérmela para el día a día, para salir de fiesta o para ir a trabajar. De noche, por el sueño y la posición horizontal del cuerpo, tendemos a sangrar menos, y sabía que aguantaba, pero de día no lo tenía claro, así que decidí ir probando poco a poco. De menos a más. De los últimos días del ciclo a los primeros. El resultado fue estupendo. Quizá excepto los dos primeros días más fuertes, aguanta sin problemas toda la jornada. No hay que preocuparse de llevar encima un arsenal de recambios. Para viajar también resulta muy cómoda. Yo se la recomendé a una amiga que tuvo que viajar a Etiopía durante bastantes días y que iba a estar con la regla entonces, ya que sus posibilidades de cambio allí eran más limitadas (no le iba a ser muy fácil buscar un baño con papelera).

Problemas (fácilmente superables)

El mayor problema para muchas, y para mí al principio también, está en su limpieza. Una vez se extrae (para las más asquerositas: apenas hay que tocarla con la punta de los dedos, y siempre podéis sujetarla con papel higiénico), se gira, y el contenido de lo que ha ido acumulando se vuelca en el inodoro. Pero después hay que lavarla. Según las instrucciones del folleto adjunto, para casos de emergencia puede simplemente limpiarse bien con papel higiénico, y es cierto que funciona porque limpia bien, pero yo siempre la he limpiado con agua tibia, como se recomienda.

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Una vez eliminado su contenido en el retrete, hay que llevarla al lavabo (si lo hemos eliminado bien no pringa, ni mancha, ni gotea, y lo dice una torpe) y allí aclararla bajo un chorro fuerte de agua. Si se quiere, se pueden añadir unas gotas de jabón neutro. Queda como nueva, lista para ponerla de nuevo. No coge ningún tipo de olor ni color extraño.

Para limpiarla más en profundidad, el prospecto recomienda hervirla o esterilizarla una vez al mes, más o menos, después de unos cuantos usos. Podéis hervirla en un cazo exclusivo para ello; yo uso unas pastillas esterilizantes que compré en la farmacia (las de las tetinas y chupetes de los niños). Se inserta la copa en un recipiente con agua –vale un bote de plástico o una botella con boquilla grande o cortada por la mitad–, con media pastilla, y se deja limpiar durante una media hora. Las 36 pastillas me costaron nueve euros, y solo hay que usar media cada vez. Duran años.

Por mí, sí

Mi experiencia con la copa es totalmente positiva. Mi flujo es abundante, y aún así la uso desde el primer o segundo día de manchado hasta el final. Además del ahorro de tampones, compresas, salvaslips y demás inventos, me parece cómoda y práctica. También creo que es más respetuosa con el cuerpo: en vez de absorber el flujo menstrual como pueden hacerlo los tampones, resecando la zona, permite que este se deposite en un compartimento que no es agresivo, sino que simplemente recoge. Por tanto, esté más o menos lleno, tampoco cuesta quitarlo, ni es molesto. Además, es claramente mucho más respetuoso con el medio ambiente que sus alternativas.

Quizá su mayor pega sea la limpieza. Especialmente cuando no estamos en una casa, sino en un bar, un aula o en un lugar de trabajo sin lavabo dentro del compartimento del baño. Todavía cuesta ver a alguien lavando su copa en un baño común y volviendo a entrar para ponérsela. Las caras y las palabras de asco siguen estando a la orden del día.

Yo pretendo seguir usándola. Y cuando vea que hay un cierto deterioro (dos años después de adquirirla y tras uno de uso intensivo la mía se mantiene prácticamente igual que el día que la compré) me haré con una nueva. Por comodidad y sencillez, por resistencia y ahorro, por durabilidad y sostenibilidad.

Como ya expliqué, no vengo a convencer a nadie. Pero si he quitado un par de caras de asco me doy por satisfecha.