Los calcetines

José Ángel Mañas y Antonia San Juan son nuestra extraña pareja de esta semana. Ambos nos dan su opinión sobre los calcetines con un porcentaje de acuerdo del 99%.

Johnny Depp con calcetines
Foto: Gtres
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José Ángel Mañas

No es nada fácil escribir sobre los calcetines. Los calcetines son la cenicienta de las prendas, la parienta pobre, el rincón olvidado de la geografía vestimentaria, el último reducto recalcitrante a la elegancia, meros abrigos para extremidades maltratadas y sufridos mineros del estilismo. Los calcetines carecen del glamour de la braguería, rebautizada como lencería para así parecer más fina. Ellos no tienen un vocablo sensual, ni políticamente correcto, y nadie les pone partícula nobiliaria. Son, en definitiva, las comas de nuestro discurso indumentario, un par de soldados rasos en la guerra del gusto, y solo los estetas de la minucia, los auténticos dandis, son capaces de apreciar su importancia. «Los conciertos diminutos de las cosas son tan interesantes para el psicólogo y para el artista como las grandes síntesis universales», decía Azorín.

Y es que en el vestir, como en el arte, no existen los detalles. O mejor dicho: en el vestir los detalles son lo esencial. De día somos todos igual de guays, tanto en el Soho como en Albacete. Pero de noche, el auténtico moderno seguirá siendo moderno, mientras que los demás nos enfundaremos despreocupadamente nuestras mugrientas camisetas. O volviendo a los calcetines: todos parecemos elegantes cuando estamos trajeados, pero cuando nos descalzamos es cuando se ve al auténtico caballero. A un esteta no lo pillarás con agujeros, como le ocurrió a cierto director del Banco Mundial cuando tuvo que descalzarse en una mezquita turca. Ni le descubrirás zurcidos en los calcetines. Ni se meterá con ellos en la cama. Ni los combinará con sandalias. Ni juntará el blanco con mocasín. No hay nada que delate más a una persona que las minucias. Porque, como hemos dicho, estas no existen para el artista. Todo tiene su importancia. Hasta los calcetines.

Antonia San Juan

En el año 600 a. C. las romanas empezaron a usar una especie de sandalia blanda que cubría los dedos y los talones. Fue un invento femenino, de hecho los hombres que utilizaban este calzado eran considerados afeminados; y seguro que de ahí vendrían otras estupideces machistas como «los hombres no lloran», etc. Pero sigamos con la historia del calcetín. ¡Ah!, no lo había dicho. Estamos hablando de los comienzos del calcetín, que se llamaron sykhos en Roma y succos en Grecia; pero en ambas ciudades eran cosa de mujeres. Supongo que los hombres prefirieron ir descalzos y destrozarse los pies, a cambio de conservar la dignidad y la vergüenza. En Grecia cuando los actores querían buscar la carcajada solo tenían que salir en calcetines y el público se partía… y así llegó hasta nuestros días con los payasos y luego con las películas de los años 70 donde el gañán corría en calcetines detrás de la tía buena.
Creo que por ser un invento de mujeres fue una prenda denostada hasta por ellas, así lo dice una canción de Astrid Hadad: «Como si fuera un calcetín, tírame cuando esté rota». Los calcetines funcionan en pareja, cuando uno se rompe el otro va a la basura. Arreglarlo es más caro que comprar cuatro pares por cinco euros en un gran almacén.

Regalar calcetines es no tener imaginación. Aunque el calcetín es el gran diplomático, el que se encarga de separar la piel del zapato, no es una prenda a la que se le tenga ningún tipo de agradecimiento porque sirve para cubrirnos los pies o para que Papá Noel deje los regalos en Navidad… El calcetín no es un bolso de Hermès que cuando envejece se vende igual de caro e incluso más si era de una celebridad.
Y aunque siempre habrá algún mitómano que pagaría por un calcetín blanco de Michael, a mí me interesaría más el producto patrio y por coleccionar preferiría el guante blanco de Urdangarín o el de Camps, por poner ejemplos.

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