La virginidad a los 35 no es solo cosa de Japón (también de Silicon Valley)

En la bahía de San Francisco crece el negocio de sexólogos y profesionales que ayudan a los geeks a perder el miedo al sexo. Aunque las cifras todavía no alcanzan a las de Japón, donde más de 40% de las mujeres y hombres menores de 34 años nunca han tenido una relación sexual.

Silicon Valley

Los protagonistas de la serie Silicon Valley. Foto: Cordon Press

Japón tiene ya fecha de expiración. La asexualidad de sus habitantes, que empieza a ser un símbolo del país como el sumo o el sake, hará que, según los cálculos de dos investigadores de la Universidad de Tohoku, que se han basado en el diseño de un algoritmo matemático y datos de población y fertilidad, el 16 de agosto del 3766 haya una sola persona habitando la isla nipona. Hasta entonces, el interés en mantener relaciones sexuales sigue decreciendo al mismo ritmo al que se inventan todo tipo de extravagancias, productos y experiencias en torno al sexo. Un sexo platónico que se venera como a un cielo al que, de momento, es imposible acceder.

No hace mucho que las estadísticas del National Institute of Population and Social Security Research revelaban que el 44,2% de las mujeres y el 42% de los hombres japoneses solteros y menores de 34 años son vírgenes. Una proporción que va en aumento si se la compara con otra estadística del mismo organismo, del año 2010, que descubría una cifra algo menor en el índice de virginidad para el mismo grupo: 36, 2% en varones y 38,7 % para ellas. Existe ya un término, yaramiso, para definir a los hombres de mediana edad que todavía no han probado el sexo compartido y numerosos intentos para conseguir que la lujuria vuelva a estar en la lista de los pecados capitales. Clases de sexo, libros como Virgin Breaker e iniciativas como la Virgin Academy, creada por la asociación White Hands, que organiza clases de pintura con modelos desnudas, a las que los hombres pueden tocar o abrazar para familiarizarse con el cuerpo femenino, charlas o reuniones en las que no falta el vino para romper el hielo.

El problema es que el nulo interés hacia el sexo no solo es exclusivo del país del sol naciente, sino que avanza peligrosamente en un mundo que pareciera querer auto extinguirse o, tal vez, protegerse de la dañina e irracional raza humana. Silicon Valley, el laboratorio de ideas del mundo, donde muchos cerebros tecnológicos han empezado ya a nutrirse con comida en polvo de astronauta, para ahorrarse el tiempo de cocinarla, desconocen el sabor de otro tipo de polvos, los sexuales. Como apuntaba un artículo de la revista Vocativ, un negocio floreciente en la bahía de San Francisco es el de los sexólogos, asesores sexuales o lo que se llama surrogates; la mayor parte de las veces, profesionales del sexo disfrazadas de terapeutas que ayudan a muchos geeks a perder la virginidad o a acercarse a las chicas, esos programas tan sofisticados, inestables e impredecibles.

Si el trabajo empieza a ser uno de los motivos por los que la gente pierde sus instintos más primarios, las creencias religiosas han sido siempre el gran impedimento para ponerlos en practica. Comunidades cristianas, en países como EEUU, contraatacan de nuevo con la idea de que hay que llegar virgen al matrimonio y no les faltan seguidores. True Love Project es una iniciativa volcada de lleno en esta tarea, sin duda una de las más urgentes en el panorama mundial. Las razones para jugar a la ruleta rusa y unirse de por vida a alguien al que se desconoce sexualmente son variadas, pero la revista cristiana Charisma Magazine subrayaba dos de peso: 1. Porque Dios dice que hay que esperar; 2. Porque tú lo vales, como decía el anuncio.

Más común de lo que creemos

Mantener la virginidad en la edad adulta, por causas ajenas a la propia voluntad, no es un hecho tan aislado como se puede creer, en un mundo en el que muchas utopías se han hecho realidad, al mismo tiempo que empezamos a necesitar de un aprendizaje para las conductas hasta ahora instintivas. Según Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología, “los motivos por los que se llega a una cierta edad sin haber probado las relaciones sexuales compartidas son variados, pero si dividimos el tema por sexos, lo más común es que en el caso de los hombres sea por una falta de habilidad a la hora de tratar con las mujeres, derivada de problemas de inseguridad. Las chicas, sin embargo, llegan a la consulta denunciando que tienen vaginismo y que la penetración les resulta imposible. En algunos casos es así, pero en otros es solo un desconocimiento de su cuerpo y de su sexualidad, unido a un miedo a experimentar dolor en la rotura del himen o a que la pareja se dé cuenta de que es virgen e inexperta. Esto puede generar una espiral de angustia del tipo: quiero dejar de ser virgen pero enfrentarme a mi primera relación me produce miedo, por lo que lo voy postergando. Y así se puede llegar a la edad madura. A partir de los 24 ó 25 la virginidad no deseada puede empezar a ser incómoda y provocar preocupación y malestar”.

Sara (33 años, Madrid) ha tenido relaciones sexuales pero nunca con penetración. Algo que ella verbaliza como “estar como mi madre me trajo al mundo”. Sara, ha tenido alguna que otra relación con mujeres, aunque no se define como cien por cien lesbiana, y ‘escarceos’ con hombres. Ha pasado también por etapas que ella llama ‘asexuales’ y, como muchos millennials, no siente la necesidad de ponerse etiquetas sobre su orientación sexual. “No es tan difícil llegar a ser virgen a los 33”, admite, “solo tienes que estar centrada en otras cosas e ir un poco a contracorriente. Cuando mis compañeras de instituto estaban ligando en las discotecas yo me quedaba en casa leyendo, viendo películas o escuchando música. Tenía otros intereses pero, además, no haberte ‘estrenado’ es fácilmente disimulable a nivel social. Hay que limitarse a no hablar del tema cuando la conversación deriva hacia el sexo o, si te preguntan, inventarte alguna historia creíble”. Sara no vive su estado como un trauma porque, como ella misma dice, “la idea que yo tengo de alguien virgen es aquel que jamás ha compartido una relación sexual con nadie. La penetración vaginal es una practica sexual como otra cualquiera –sexo oral, anal, que otro/a te masturbe–, solo que a ésta es a la que se le ha concedido la patente, el certificado que acredita que estas ya iniciado en el mundo del sexo. Me gustaría probar el coito, claro, y espero hacerlo. Pero digamos que, de momento, no ha surgido la oportunidad”.

En el otro extremo están los que, llegados a una determinada edad, ven imprescindible la pérdida de ese lastre que se llama virgo y que no es precisamente el signo del zodíaco. En palabras de Francisca Molero, “no hay que buscar al príncipe azul, entre otras cosas porque no existe, pero lo deseable es tener la primera experiencia con alguien que nos guste. Porque, aunque los sexólogos ya no creemos en esa teoría que sostenía que el primer encuentro determinaba la vida sexual posterior, si que puede dar lugar a pautas, comportamientos o creencias erróneas”.

Siempre me ha sorprendido el miedo que genera en mucha gente las sábanas, el terreno íntimo y erótico; en el que, salvo excepciones o situaciones de agresión, la mayoría de la gente se muestra, a pesar de sus inseguridades, amable y comprensiva. A día de hoy, el mundo laboral o, simplemente, el telediario me resulta mucho más aterrador. “A los hombres que no se atreven con su primera vez tratamos de inculcarles la idea de que en cada nueva relación todos somos en cierta manera ‘vírgenes’, ya que cada persona, cuerpo, sensibilidad y situación son únicas. A las chicas les enseñamos como funciona su cuerpo y les instamos a que exploren ellas mismas su sexualidad y su respuesta erótica. Solas o con la ayuda de un vibrador”, comenta Molero.

Y mientras unos arrastran con angustia su virginidad tardía, otras se embarcan en operaciones para recuperarla a toda costa, gracias a la cirugía de la reconstrucción del himen. Según Patricia Gutiérrez Ontalvilla, cirujana plástica y reconstructiva, que trabaja en Imedmu, la primera clínica de España dedicada en exclusiva a la mujer, con sede en Valencia, y que cuenta con un apartado de cirugía vaginal, “la mayoría de las clientas que demandan una himenoplastia es por razones culturales o religiosas. Casi todas son árabes o de la etnia gitana y necesitan llegar vírgenes al matrimonio para poder seguir con sus vidas o para ser aceptadas en su nueva familia”.

No faltan las que venden su segunda o tercera ‘primera vez’ en la red para sacar sustanciosos beneficios, como hizo la brasileña Catarina Migliorini; o las que, en un desesperado intento por seguir en el candelero como Leticia Sabater, se operan para anunciarlo al mundo. Hay también un tercer grupo, como apuntaba un artículo de The Wall Street Journal, el de las adineradas norteamericanas maduras que quieren sorprender a su marido, en sus bodas de plata o de oro, con una milagrosa-nueva-virginidad. Si alguna vez pierdo el juicio y me ven en ésta, autorizo a cualquiera que lea esto para que firme mi eutanasia.

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