Cuando ser rockero mola, por Loquillo

El espíritu del ‘rock and roll’ siempre retorna porque es una forma de estar en el mundo

Letizia Ortiz

Foto: Gtres

Las víctimas de la moda que se pasean vestidas de malota de firma por la zona vip del Primavera Sound, el FIB o el Dcode llevan Ray-Ban made in Italy de estilo aviador y short descolorido con bota de motorista de salón. Son blogueras, hipsters, tuiteras e instagramers, de mechas californianas y fans de todo lo que se lleva.

Aunque entre la nube de polvo las veas bailar, no hay que engañarse, lo más parecido a lo auténtico que han hecho este verano es desparramar en los viñedos del Sonorama con Raphael en su periplo veraniego hacia lo salvaje. Son, en realidad, seres inofensivos, todavía creen que la gira de una banda de rock es un viaje de fin de curso con todos los gastos pagados. Sí, es cierto que en Dcode pueden codearse con chicos con barba despelucada y camisa de cuadros sin temor a que un ángel del infierno o un Cavan Crogan cualquiera les derrame la cerveza en su maxi o minibolso.

Este invierno nos amenazan con cazadoras de cuero, estilo perfecto, muy adecuadas para el look «exprincesa Letizia va de concierto». Las marcas se apresuran a vestir a las chicas de rockeras de cuché, otra vuelta de tuerca sobre la cultura rock.

De la pana de Felipe González (nuestra primera rock star política) hasta la chupa de cuero de Trinidad Jiménez, los mítines pasaron de ser pana para hoy a convertirse en escenario de superproducción para mañana.

Hace tiempo que los cantautores dejaron atrás, sin ira, su odio al rock and roll made in USA y se pusieron las gafas de mosca. Los productos televisivos son promocionados con micrófonos Shure al más puro estilo Elvis, todos quieren ser tipos duros y algunos se tatúan por doquier.

Da igual que sean políticos, cantantes melódicos, modelos de alta costura, ejecutivos agresivos, metrosexuales o reinas: ser rockero mola. Hay quienes sueñan con ser Marlon Brando en Salvaje y se compran una Harley para ser pandilleros de fin de semana (no saben que Brando conducía una Triumph y que la empresa de Milwaukee ha dejado de ser tendencia).

La cultura rock es referente en el mundo occidental: podemos remontarnos a los pandilleros de finales del siglo XIX con su estética provocadora; luego apaches, sheiks, swing kids, beatniks, hasta llegar a los teddy boys y los rockeros, el swinging London, Mary Quant, el punk y de la mano de Vivienne Westwood, tijera en mano, y vuelta a empezar.

Nihilismo, rebeldía, culto al yo, ser diferente, individualismo o nada, señas de identidad del mayor enemigo de los totalitarismos, ésa es la cultura rock. La moda cosifica y el rock and roll resiste, vuelve de las catacumbas, se quita las etiquetas; es un espíritu que siempre retorna porque es una forma de estar en el mundo.

El rock and roll sabe navegar entre tiburones, duerme en el subsuelo el tiempo justo para volver con más fuerza que nunca. Los rockeros se lo toman con calma, porque ya han sido señalados con el dedo, fotocopiados, tuneados. Hace unos meses le hablaba a un director de una revista de pop, con nombre de rock, de la escena rockabilly de Barcelona y del poder que tiene el rock and roll para reciclarse generación tras generación.

Desde finales de los años 70 no se vivía una sensación igual, me lo reafirma un rockero old school tatuado hasta la médula que con su Boneville presume de Lewis Leathers y que ahora se dirige al Tattoo Show que se celebra en Barcelona. Un festival que reúne a lo más florido de la cultura custom, minoritaria tal vez, pero que hace mucho ruido y que influye –y de qué manera– en las tendencias de suplementos o revistas de moda al uso.

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