Sexo: aprendiendo a decir “no”

¿Hasta qué punto influyen la sociedad y la cultura popular (sin que nos demos cuenta) en cómo percibimos y afrontamos el abuso sexual a las mujeres?

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Foto: Cordon Press
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Una chica joven que dice «no» cuando no quiere sexo es, sin duda, un modelo y ejemplo positivo, aunque no tan frecuente en la literatura y el cine. Una que dice «no» y que, además, usa la fuerza física si intentan obligarla a ello… es el equivalente a una polémica. Justo la que ha despertado el último blockbuster adolescente, Divergente, que se estrena esta semana en nuestro país y que transforma el pasaje original de la novela (un superventas de Veronica Roth) en que se basa una escena que ha reabierto la discusión en torno al rape culture. En la secuencia, la protagonista, Tris, interpretada por la actriz Shailene Woodley, se enfrenta a sus miedos en una especie de entrenamiento en el que se simula que el chico que le gusta intenta violarla. Ante esa situación, ella se defiende a golpes. Y ante esa reacción, sus profesores y compañeros de ejercicio, la aplauden. Curiosamente, en algunos pases del filme, este momento ha suscitado hilaridad entre los espectadores.

El concepto rape culture –no muy conocido en nuestro país y que no debe traducirse como «cultura de la violación» sino como «caldo de cultivo para…»– fue acuñado por el movimiento feminista en los 70 para referirse a cómo la sociedad es permisiva e incluso potencial inductora del abuso sexual hacia las mujeres. Una circunstancia que, a tenor de las noticias que se leen, día sí y día también, sigue de plena actualidad. Hace semanas, tras unos incidentes surgidos a raíz del ataque a una estudiante en la Universidad de Ottawa (Canadá), aparecieron millones de tuits bajo la etiqueta #rapecultureiswhen. La mayoría, opiniones acerca de la forma en que la sociedad culpabiliza a la víctima en vez de al agresor, presentando como atenuantes su forma de vestir o que estuviera borracha en el momento del asalto.

Este caballo de batalla tiene sus particularidades en cada país. En Brasil, cientos de mujeres se han desnudado en las redes para protestar después de que un estudio del Instituto de Investigación de Economía Aplicada revelara erróneamente que un 65% de los brasileños cree justificado violar a una chica que viste inapropiadamente. Hubo rectificación: se trataba únicamente de un 26%. Pero un 58% culpa de las violaciones a las conductas inapropiadas de las mujeres y, de la muestra encuestada, un 66,5% son mujeres.

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La humorista Adrienne Truscott triunfa con Asking for it, un show que satiriza la forma en que la sociedad aborda las violaciones.

D.R.

Otro ejemplo lleno de contradicciones: el del fenómeno que la revista Time ya ha calificado de histeria, la recogida de más de 3.000 firmas en la Universidad de Boston para anular un concierto de Robin Thicke. El cantante fue acusado de celebrar la opresión sexual y el sistema patriarcal en su tema Blurred Lines. Una canción que, por otro lado, ha sido coreada y bailada por las masas durante el pasado verano.

¿Futuro esperanzador? Por eso, aunque ha llovido mucho desde que Susan Brownmiller hablara de rape culture en su libro Against Our Will (1975), hay muchos que piensan que las cosas no son tan diferentes hoy. «La sexualidad ha cambiado… y no ha cambiado. El patriarcado sigue vivo y coleando», opina Fátima Arranz, coordinadora del máster de Igualdad de Género en la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, algunos sostienen que utilizar este término supone un retroceso. La asociación estadounidense Rape, Abuse & Incest National Network ha advertido de que el significado de rape culture contiene el efecto paradójico de restar culpabilidad al violador: «Los medios de comunicación ya se posicionan a través de su popularización», reflexiona Arranz. «Naturalizan estos conceptos cargándolos de modernidad, banalizándolos. ¿Por qué a la violencia contra las mujeres se le da un tratamiento light

Cuestionar la utilidad de esta expresión no significa estar en desacuerdo con lo que representa: «Desde la modernidad, por no ir más atrás, la sociedad no ha dejado de sostenerse en la dominación masculina. Esta se lleva a cabo principalmente a través de la socialización. Y hoy en día los grandes socializadores son los medios», prosigue Arranz. Un ejemplo, en Capitán América 2: soldado de invierno, aunque el papel de Scarlett Johansson es más cerebral que en otras entregas, las críticas aparecidas en los diarios internacionales no dejan de sexualizar su imagen refiriéndose a ella como «voluptuosa mascota» (The Guardian) o «sensual femme fatal» (The Independent). Calificaciones a la altura de las que recibió en Los vengadores: la revista estadounidense Salon habló de ella como «objeto fetichista idealizado». Por cierto, todas estas opiniones están escritas por hombres.

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Scarlett Johansson en Capitán América. Su ajustada vestimenta es el tema principal de los críticos de cine, que obvian su interpretación.

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Para quienes piensen que las nuevas generaciones tienen una mentalidad más abierta, el testimonio de Florentina Alarcón, presidenta de la asociación Cavas (Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales) es un jarro de agua fría. «La edad de los agresores ha descendido de forma extraordinaria en los últimos cuatro años. Hay un porcentaje muy alto entre los 13 y 17 años». Sobre la influencia del entorno, comenta: «Algo se está haciendo mal. Se respira un ambiente machista y ese contexto de menosprecio propicia los ataques. Está en el aire: se convierte en objeto a las mujeres y es un modelo que sigue viéndose y predominando en la cultura de masas». La prevención en las escuelas, según la experta, es clave: «Agreden a las chicas por cómo visten o porque han tenido relaciones sexuales con otros chavales. Hay que interiorizar que en ningún caso la mujer es culpable de nada».

A esta luchadora del feminismo –como ella misma se describe, pese a que esta sea una palabra maldita hoy en día–, escenas como la que aparece en Divergente no le molestan, más bien todo lo contrario: «Me parece positivo, ¿por qué no? En nuestro país no hay muchos casos de mujeres que se defiendan, el miedo las paraliza». Con ella coincide Asunción Bernárdez Rodal, quien dirige el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense: «No creo que haya que educar en la violencia, pero no es justo que en este sentido haya permisividad con ellos y no con ellas». Y añade: «El sexo está presente en todas partes, pero siguen existiendo tabúes. Hablar del tema en sí mismo no es liberador. Sobre todo si se refuerzan esquemas en los que los hombres toman la iniciativa: miran, nosotras nos exhibimos…». En su opinión, «la ficción influye, lo difícil es cuantificar hasta qué punto. Pero es una realidad que la gente se educa frente a la pantalla».

El premiado corto español Tight, como Divergente, también cosechó unas inesperadas risas en el pase para público joven del Festival de Málaga. En él, el director Coté Soler, explica la historia de una chica que sufre un abuso tras ser engañada y manipulada. «Lo interesante de la historia es que ella es lista, pero aun así no es capaz de reaccionar», comenta. «No llegamos a averiguar por qué los chavales se rieron, pero se nota que están desubicados respecto al sexo. No se ajusta el cómo lo consumen (a todas horas en las redes) con el cómo lo viven». Risas nerviosas aparte, hay quienes creen que el humor puede ser una herramienta para abordar el tema. El espectáculo Asking for it, de Adrienne Truscott, reivindica el derecho a hablar de la violación en un contexto cómico y ha recogido críticas muy positivas. «No pretendo que la gente se mofe del abuso, sino satirizar para poner en evidencia la ignorancia y el sexismo sobre cómo tratamos estos temas, psicológica, política y humorísticamente», dice ella.

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