Off-White, la voz de la calle

Hasta hace poco colaborador en la sombra de Kanye West, en solo dos años, Virgil Abloh ha conseguido suscitar el interés de toda la industria con Off-White. Una enseña que rompe la última barrera que separaba lujo y streetwear.

Off-White, la voz de la calle

En la imagen, Annika Krijt en el backstage de Off-White.

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Ignorar las reglas de un sistema tachado de arcaico es la forma más antigua de rebelión (también estética). Si en los 70, el imperdible se convirtió en la bandera punk, ahora le toca el turno a la sudadera, eje central del streetwear. El éxito de Virgil Abloh, fundador de la firma Off-White, explica muy bien el cambio radical que está viviendo la industria de la moda. Bajo una fachada de solo aparente modernez (capucha incluida) –y hasta hace relativamente poco todavía a la sombra de su amigo Kanye West–, descubrimos al instigador de una nueva forma de entender el lujo que, en 2015, fue el único finalista estadounidense del prestigioso LVMH Prize [ese año también estaba nominado Demna Gvasalia]. El concepto es sencillo: «Proponer una nueva visión que sea relevante, que refleje la actitud de esta era», resume Virgil a S Moda en una entrevista telefónica, sin intermediarios, directamente a su móvil personal. Se acaba de despertar. Es la primera llamada del día de este artista multifacético, que muchos identifican con la versión cool del hombre orquesta. Habla despacio, como si a su voz todavía le faltaran revoluciones. ¿Cree que las grandes casas de costura de París habían perdido la conexión con el público y la realidad? «Sí», sentencia. «No reflejaban el espíritu del momento», continúa. Para Abloh, «un diseñador debe sumergirse de lleno en la cultura de su tiempo».

Ser director creativo no consiste en dibujar bocetos encerrado en un estudio (él tiene un grupo de chat con su equipo de diseño y copia y pega ideas en el móvil). Tampoco se restringe a lanzar una colección cada temporada. Crear es un ejercicio lúdico y multidisciplinar. Virgil diseña ropa, mobiliario, merchandising… Pincha, colabora con artistas como Sky Ferreira, imparte clases magistrales en la universidad sobre teoría del diseño contemporáneo, viaja a las principales ferias de arte… El nombre Off-White hace referencia al concepto «materia gris». «No es una marca», dice. «Es un proyecto artístico que se expresa a través de prendas». Su objetivo es romper con las convenciones clásicas. «La ropa es solo un medio para crear un nuevo lenguaje», dice. «Un glosario creativo que se ajuste a la transformación social que ha vivido el mundo». Su habilidad consiste, precisamente, en observar y escuchar el pulso de la calle… Lo que incluye mirar Instagram.

«Un diseñador debe sumergirse de lleno en la cultura de su tiempo», apunta Abloh

Foto:

Christian Anwander

 

Intelectualizar lo mundano

En realidad, Off-White recupera el espíritu de una lucha que empezó hace ya medio siglo. El streetwear es para Virgil lo que el prêt-à-porter fue para Yves Saint Laurent en 1966. Una alternativa al statu quo que anhela plasmar las necesidades (y los gustos) reales de la gente. «Es lo opuesto a la ‘moda’ –y digo moda entre comillas– que sale en las revistas y que no necesariamente vemos en la calle». Zapatillas deportivas, gorras de béisbol, sudaderas, prendas unisex… Hace ya diez años que la pasarela incorpora elementos street, incluso en maisons como Givenchy. Pero es hoy cuando el azote de informalidad (y comodidad) que sacude los cimientos de la industria da visos de ser mucho más que una tendencia pasajera. «Es un cambio de paradigma. Ha mutado la percepción del lujo que tiene el consumidor», asegura Abloh. «No hay vuelta atrás», advierte. Es algo que hace tiempo que comenta con sus amigos: «Las grandes casas quizá sepan hacer un vestido de costura, pero son incapaces de diseñar una camiseta gráfica que les salve la vida». En su caso, es al revés. «La camiseta es el punto de partida».

«El público es, en gran parte, quien lidera esta trasformación. Su forma de consumir es diferente», describe. El creativo se acercó a este negocio como cliente, precisamente. «Comprando en Barneys». No estudió moda. Se graduó en Ingeniería Civil e hizo un máster en Arquitectura, como Raf Simons, uno de sus referentes –quien se licenció en Diseño Industrial–. Se educación estética es la cultura urbana en torno al universo skate, con influencias del hip-hop, que mamó de adolescente en Chicago. «La moda hoy busca un espíritu de estilo de vida, un sentimiento de familiaridad», defiende. «Familiaridad», repite. «Esa es la fórmula que genera deseo. Cuando una pieza te transporta a tu infancia –o a alguna de las siguientes etapas de tu vida– y se rediseña con premisas del lujo, el impacto es mucho mayor», asegura el estadounidense.

¿Quién ha cincelado su concepto de estilo? «Mucha gente. De Martha Stewart a Pharrell Williams». También Margiela y Ralph Lauren, al que considera «el mejor diseñador de todos los tiempos». Nació en Rockford, una pequeña localidad de Illinois «que no es precisamente la capital de la moda», bromea. «El hecho de que no fuera una ciudad popular me sirvió para desarrollar una perspectiva distinta». En los años 90 sus marcas de referencia eran enseñas como Nom de Guerre, Undercover o Supreme. Etiquetas que describe como «firmas de autor cuya narrativa nace de la intuición». La última edición de la semana de la moda masculina de París le da la razón. Sobre la pasarela, el diseñador Kim Jones escenificó el último paso de la unión entre streetwear y lujo con la colaboración de Louis Vuitton y la etiqueta de culto Supreme [la misma que, en el año 2000, se metió en serios problemas con el conglomerado LVMH por producir una colección de tablas de skate y zapatillas deportivas con un logotipo que remasterizaba el original de Louis Vuitton]. «Me siento orgulloso de la revolución street», confirma a esta revista. «¡Por fin, estamos viendo algo nuevo, algo fresco!». Virgil considera que se subestima la importancia (y la influencia) de este movimiento urbano. De hecho, explica que le asusta pensar que todavía hoy haya gente en el circuito incapaz de intelectualizar y comprender su estética más allá de su valor superficial.

Dos looks de la colección p-v 2017 Business Woman.

Foto:

Fabien Montique

La promesa (y el impulso) de la fama

«Es una de las personas más listas, rápidas e innovadoras con las que he trabajado», dijo de él Kanye West al diario The New York Times en 2014. Se conocieron en 2002 y Virgil se convirtió en su consejero. Empezaron a colaborar antes incluso de que Kanye publicara su primer álbum de estudio, College Dropout (2004). Juntos han diseñado colecciones de moda, portadas de discos, merchandising, vestuario de gira… «La cultura pop define el gusto de la nueva generación», valora Abloh. Hoy vemos a artistas como Rihanna presentar su colección en París (con Fenty x Puma) o el propio West en Nueva York (con Yeezy). «La antigua división entre artista e influencia ya no existe. Sencillamente ahora se expresan en plataformas distintas. Ellos son, de alguna manera, el sonido de nuestra época», continúa. «Lo que demuestra que el término ‘diseñador’ –o ‘director creativo’– ya no significa lo mismo que hace diez años». Ha habido un saldo generacional. «Los antiguos parámetros han perdido relevancia». No todos lo han entendido. Y para sobrevivir en el mercado (cada vez más competitivo) «es importante adaptarse al nuevo hábitat, algo que no solo veo yo; también Demna en Balenciaga, Michele en Gucci y Anderson en Loewe. Es una tribu de creativos con un enfoque nuevo»

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