Muere Deborah, la última de las hermanas Mitford

Conoció a Hitler, a Kennedy y a todo el quién es quién del siglo XX. Con ella, acaba una excéntrica estirpe que ha dejado huella en la historia y la literatura

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Foto: Getty
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Que alguien titule sus memorias ¡Esperadme! resulta bastante significativo. Ese fue el encabezamiento que escogió Deborah Mitford, después Cavendish, cuando por fin se decidió en 2010 a contar su parte de una historia que decenas de biógrafos, artículistas y narradores habían abordado antes.

Con ese grito, apelaba a sus cinco hermanas mayores, entre ellas las escritoras Nancy y Jessica, protagonistas todas ellas de biografías imposiblemente jugosas y a las que Deborah, al parecer, nunca podía alcanzar. Cuando todas eran niñas, las hermanas tenían un juego favorito que consistía en danzar alrededor de Deborah y cantar: "¿quién es la persona menos importante de esta habitación?". La respuesta estaba clara, pero aun así, se la gritaban a pleno pulmón: "TÚ". La que siempre fue "la pequeña de las Mitford" falleció el pasado martes a los 94 años de edad, tal y como anunció su hijo Peregrine –tampoco bautizar a un hijo con el nombre de Peregrine está al alcance de cualquiera, fuera de las novelas de Wodehouse y Edward St. Aubyn–. 

Deborah, llamada "Debo" incluso por aquellos que querían fingir intimidad con ella, fue quizá la única de las seis legendarias hermanas que alcanzó el destino que su madre, Sidney Redesdale, y su clase esperaban para ellas. A los 21 años se casó con el segundo hijo del duque de Devonshire, que heredó el título al morir el primogénito en la Segunda Guerra Mundial. Así, Deborah acabaría ostentando el mismo título que en el siglo XVIII tuvo Georgiana Cavendish, la protagonista del libro y la película La duquesa, con Keira Knightley. Al contrario que a aquella, a la pequeña de las Mitford no le agobiaba en absoluto la vida campestre y provinciana. Al contrario, pasó las últimas décadas de su vida entregada a la mansión y las tierras de Chatsworth como una perfecta latifundista inglesa, dada a la caza, los espectáculos ecuestres y las ferias de ganado. Sólo le hirvió la sangre cuando los laboristas decidieron ilegalizar la caza del zorro.

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Deborah, en 1940, cuando esperaba la llegada de su hermana Unity, que se había pegado un tiro en Alemania.

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Pero no son esas cinco o seis últimas décadas de su vida, no exentas de acontecimientos –tuvo seis hijos de los que sólo sobrevivieron tres, y su marido batalló hasta su muerte con el alcoholismo– las que interesan a los biógrafos, sino las primeras, en las que se germinó la leyenda de los Mitford. Los siete hijos, seis chicas y un chico, de una excéntrica pareja de aristócratas se las arreglaron, por una combinación de azar y determinismo social, para rozarse con casi todos los protagonistas de las enciclopedias por fascículos de Historia del siglo XX.

La mayor, Nancy, es la revalorizada autora de novelas como A la caza del amor y El amor en clima frío. La tercera, Diana, se casó primero con el heredero de la cerveza Guinness y después con Oswald Mosley, el fundador del partido fascista británico. Ambos pasaron un tiempo en la cárcel por sus simpatías pro-nazis, que eran tibias comparadas con las de la cuarta hermana, Unity, una auténtica groupie de Adolf Hitler, que se pegó un tiro cuando Inglaterra le declaró la guerra a Alemania. Sobreviviría pero moriría años después, como resultado de las secuelas. La quinta hermana y a la que Deborah estaba más unida por edad, Jessica, fue comunista y asistió como voluntaria-espectadora a la Guerra Civil Española, tal y como cuenta en sus memorias, recientemente publicadas en España Nobles y rebeldes (Libros del Asteroide). También hubo otra hermana más discreta, Pamela, lesbiana e "inofensiva amante de las aves", como la descrbió un famoso artículo del Times, si bien furiosamente antisemita, y un hermano, Thomas, que también fallecería en la Segunda Guerra Mundial.

A través del breve matrimonio de su cuñado William Cavendish con Kick Kennedy, hermana de John y Robert, Deborah tuvo acceso al clan Kennedy, incluso durante la era de Camelot. Sin embargo, en sus algo decepcionantes memorias, escamoteaba los detalles sobre aquella amistad, igual que sus conversaciones con "Evie" (Evelyn Waugh), que tenía manías muy precisas cuando se alojaba en Chatsworth, Winston Churchill o Lucian Freud, para el que posó en los 60. El libro sí da para inocentes anécdotas sobre Hubert de Givenchy y Oscar de la Renta. Cuando éste se alojó en su mansión, Deborah temía que formar simples centros de flores sería decepcionante para su huesped, por lo que colocó gallos enteros en jarrones de vidrio. 

La pequeña de las Mitford, a la que se reconoce haber sabido de la casa familiar una moderna atracción turística, en lugar de un lastre de otra época, nunca ocultó sus preferencias entre sus vistosas hermanas. Su favorita era Diana y jamás le perdonó a Nancy, de inclinaciones socialistas, que ésta recomendase la encarcelación de su hermana durante la guerra. Aun así, su biografía se puede entender como un intento de ser convencional dentro de las reglas de su clase: en el fondo, no había mayor rebeldía en esa familia que tratar de ser normal.

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La duquesa de Devonshire, arma de caza en mano, en 1980. Pasó sus últimos años volcada en el funcionamiento de la (descomunal) casa familiar.

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