María Lladó, rebeldía creativa

Con alma rockera y espíritu indómito, la diseñadora de interiores María Lladó es una conquistadora nata. Su estilo y sus espacios son inconfundibles. Mezcla con alegría cuero y lentejuela, arte y objeto de mercadillo.

María Lladó

Foto: Germán Sáiz

Genial anfitriona, esa ambición por hacer que los demás se sientan bien en su casa es algo que sabe trasladar a los lugares en los que interviene. Los interiorismos de María Lladó son sorprendentes, acogedores y cálidos; cuajados de detalles y de originalidad. Esta reina del «buen rollo» ha conseguido en poco más de una década tener una voz propia en el panorama del diseño interior nacional e internacional. «En mis casas no hay reglas. Hay que saber mezclar», nos dice.

Arte contemporáneo, objet trouvé, pinturas antiguas, muebles recuperados y algún diseño propio armonizan en su hogar, del mismo modo que Dries Van Noten o Pucci lo hacen en su espléndido vestidor acompañados por ropa de mercadillo. Independiente e indómita, durante su etapa universitaria exploró estilos hasta entonces nunca vistos en Madrid, y menos en la casa de sus abuelos Arburúa, con quienes se fue a vivir. Su familia se encontraba en Washington, donde se trasladó cuando su padre, José Lladó, fue nombrado embajador por el entonces presidente Adolfo Suárez. «Me había enamorado y quería volver. Finalizados mis estudios, nadie pudo retenerme». Aquí desarrolló su lado más rebelde. «No me dejaban llevar vaqueros ni faldas cortas, así que salía de casa bien vestida y me cambiaba en el ascensor. A la vuelta, hacía la misma operación». Su intención era entrar en Bellas Artes.

«Cada fin de semana acudía a pintar con Ramiro Ramos, pero sabía que no me dedicaría a la pintura». Sería en el terreno de la publicidad donde desarrollaría su potencial creativo. «Estudié Arte Publicitario y, antes de finalizar los cursos de rigor, ya trabajaba en la agencia Tándem, primero como junior y luego como directora de Arte». En aquella época era fácil verla por Madrid vestida con una cazadora de rockabilly que había comprado en Londres. «Todo el mundo me miraba». La estética rockera fue uno de sus primeros signos de identidad. «De jovencita me gané alguna bofetada de mi padre por llevar minifaldas de cuero negro y cinturones de tachuelas, pero me encantaba el look rockero y me sigue atrayendo. Mi actual marido se acaba de comprar una Harley-Davidson gracias a mi insistencia».

El cuero siempre ha sido su material predilecto. Y hasta ahora. La piel es un clásico en su vestidor. «Nunca me faltan pantalones, botas –de la marca Freelance, sobre todo– y chaquetas de cuero. Sin embargo, el pelo nunca me ha gustado especialmente, aunque a lo largo de los años he ido atesorando algunas piezas fetiche, como una de Dries Van Noten o unos abrigos en piel de colores rojo y azul que compré hace muchos años en Menorca. Prendas de muestrario con un precio irrisorio porque a nadie le interesaban».

Es coqueta y presumida, pero nunca se ha preocupado de su belleza. «Ahora es cuando empiezo a maquillarme. En cambio me hice unos tatuajes hace más de 15 años, cuando nadie los llevaba», confiesa. Su armario sigue creciendo. «Aunque con los niños he frenado el mío para aumentar el suyo. Doy gracias a Dios por no haber tenido una niña porque me hubiera arruinado». Si le preguntan por un nombre significativo de la moda española, no lo duda: «Sybilla. Estudió con una íntima amiga mía y la he seguido desde que empezó a vender en la tienda Berlín de Madrid. Siempre me pareció maravillosa».

Árbol genealógico. En realidad, lo suyo es un auténtico fondo de armario cultural vivido desde la infancia. Sus abuelos maternos, los Arburúa, eran vascos y los Lladó, de origen catalán. Ambas familias, amigas a pesar de sus posiciones políticas antagónicas, vivían en Madrid. Manuel Arburúa, banquero, ministro de Comercio en los años 50, tenía una gran colección de arte. Juan Lladó, el abuelo paterno, presidente del Banco Urquijo, impulsó la restauración de la famosa casa de las Siete Chimeneas (actual sede del Ministerio de Cultura), la creación de la Sociedad de Estudios y Publicaciones –que acogió a muchos intelectuales apartados de sus cátedras por el franquismo– y la creación de la revista Cruz y Raya, que dirigió José Bergamín. «Los Arburúa y los Lladó compartían inquietudes artísticas y eso es algo que hemos disfrutado todos los hermanos». De los cinco, ella es la mediana. «Y siempre he sido la más pasota, pero también muy sensible; veo cosas que la mayoría de la gente no percibe». Aunque encontró grandes apoyos morales. «La directora de mi colegio, la madre Madurga, me dijo que lo mejor que yo tenía era mi forma de ser y que no me la estropearan». En su etapa en Washington dio rienda suelta a su creatividad. «En EE UU descubrí otra vida, el método de enseñanza, más participativo, se adaptaba bien a mi carácter y empecé a aprobar. Calificaban por créditos y valía lo mismo el de dibujo que el de matemáticas. En España, que dibujaras bien no valía para nada. Me dieron alas y acabé ampliando mis estudios en el Corcoran College of Art».

Las vidas de María. Su dedicación a la publicidad finalizó al trasladarse a vivir a Barcelona. «Me quedé embarazada, compré esta casa y mi vida cambió». La casa estaba destrozada y con su rehabilitación se abría para María una nueva vía creativa, el diseño de interiores. «Profesionalicé una actividad que siempre había ejercido de un modo intuitivo. De hecho, me fui de la casa familiar porque mi madre me dio un ultimátum: “Los muebles o tú”. Realmente, me pasaba la vida en el rastro y acumulaba piezas en mi habitación».

En Barcelona conoció a Carina Casanovas, propietaria de un almacén de muebles en Sabadell y compañera de aventuras a la caza de las piezas más insólitas. «Conforme hacía la casa y compraba muebles acondicioné la parte del sótano como un mini Casa Decor». Enseguida empezaron a surgir proyectos de decoración. «Me resultaba natural porque era algo que siempre había visto en casa. Mi padre es un arquitecto frustrado, no puede vivir sin una obra en su vida. Yo hago las obras para mis clientes». Tiene otra pasión confesable: el arte, pero aquí no se deja llevar como con los muebles. «Solo compro en la medida de mis posibilidades».

María Lladó

En su espacio favorito del salón, María viste un mono de seda vintage que compró en Mercantic a Ana Blau. En la mano, anillo “de compromiso”, comprado en Nueva York.

Germán Sáiz

Armario de María Lladó

En su vestidor abundan la piel y las piezas de Isabel Marant.

Germán Sáiz

Zapatos y bolso de María Lladó

Zapatos de Miu Miu, maxibolso de Ana Blau y cartera de Uterqüe.

Germán Sáiz

Tocador de María Lladó

Sobre la cómoda, collares y pendientes: “Me encantan los grandes y largos”. En los cajones, pañuelos y mantones.

Germán Sáiz

Estudio de María Lladó

El estudio de María está siempre en continua transformación, con pinturas y objetos en tránsito.

Germán Sáiz

Montaje artístico de María Lladó

Los cristales los rescató de un chamarilero parisino. Detrás, foto de José L. Serrano de La Concha de San Sebastián.

Germán Sáiz

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