Los trapos sucios se lavan en la tele

El género del reality familiar sobrevive con nuevas incorporaciones como los Cyrus y un repunte de los reyes del género, los Kardashian.

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Foto: E! Entertainment
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Gillian Flynn, que antes de hacerse famosa por el thriller psicológico Perdida escribía sobre televisión en Entertainment Weekly, dijo en su día sobre Living Lohan, el reality de la familia de Lindsay: «La irritación tarda como un minuto en convertirse en repulsión. Dina [la madre] se queja de la invasión de los paparazis, pero gracias a ella hay poco que invadir».

Eso fue en 2008 y parece que sus palabras, así como las del resto de críticos horrorizados, cayeron en saco roto porque la actriz acaba de estrenar otro reality, centrado en torno a sus adicciones, en el canal de Oprah Winfrey y, aunque el género de la telerrealidad familiar parecía de capa caída, siempre surgen nuevos clanes dispuestos a lavar los trapos sucios en público, o, mejor dicho, a ensuciarlos un poco más por un puñado de audiencia.

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Living Lohan se centra en la vida de la familia de la estrella.

NBC UNIVERSAL

Los últimos en sumarse han sido los Cyrus, si bien en versión de bajo coste. Los parientes de Miley tienen su propio canal en YouTube, llamado Seriously Cyrus, en el que su hermana Brandi habla de tendencias, su padre Billy Ray canta canciones y su madre Tish hace entrevistas. Ni los Cyrus ni los Lohan se hacen querer tanto como los Osbourne, para los que MTV inventó este formato televisivo en 2002 y que impuso algunos de sus tics: las casas son lujosas pero caóticas, la matriarca, por excéntrica que sea, tiene la función de mantener unido al clan y los hijos exhiben una pésima (o discutible) educación. La idea es que el espectador sienta schadenfreude: sí, ellos son ricos y famosos pero mi familia funciona mejor. «La telerrealidad es la sociedad mirándose a sí misma. Sus sueños y esperanzas, pero también sus miedos», resume Mathieu Deflem, quien imparte el curso Lady Gaga y la sociología de la fama en la Universidad de Carolina del Sur.

Los que más horas de metraje llevan a sus espaldas son sin duda los Kardashian. Su principal producto, Keeping up with the Kardashians, va por su novena temporada, pero el canal que lo emite, E! (que renovó el contrato con la familia en 2012 por 40 millones de dólares), llegó a estar copado por sus spin-offs: Kourtney y Kim toman Miami, Kourtney y Kim toman Manhattan y Khloe & Lamar. Los Kardashian y sus adyacentes son famosos por el hecho de serlo, lo que, según Deflem, «les hace más dependientes de los caprichos del público. No pueden manipular su fama como lo haría alguien que tiene algo que ofrecer, un músico o un actor». Lo que ellos aportan son rebanadas de vida, como se dice del género costumbrista en inglés.

La mayor parte del programa, que puede provocar un efecto hipnótico hasta en el espectador más cínico, gira al rededor de pequeñas cuitas entre los miembros del clan, declamadas en ese letárgico acento de Calabasas, California.

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El programa Mrs. Eastwood and Company muestra la vida de Dina, mujer del actor, y sus hijas, Francesca y Morgan.

Cordon Press

Guión ‘made in USA’. Sin embargo, a veces hace falta algo más, un final de temporada rotundo o el motor para una tanda de episodios. Y entonces es cuando se sacan de la manga algo como la boda de Kim con el baloncestista Kris Humphries, que fue la principal atracción del programa en 2011. El matrimonio duró 72 días. «Por supuesto que la boda de Kim fue más falsa que los abrazos de los Teletubbies», bromea Mariola Cubells, crítica de televisión y colaboradora de S Moda. Cubells achaca la supervivencia del formato a que ha ido subiendo el listón: «Se irán buscando personajes más destroyer. Si el espectador se acostumbra a un tono de voz, deja de escucharlo, así que se necesita un timbre más agudo o más grave para despertarlo cuando se empiece a aletargar».

Las cadenas españolas han tenido, por lo pronto, un ejemplo de éxito y otro de fracaso en el género. Alaska y Mario se alargó hasta tres temporadas en MTV (aunque solo estaba prevista una) gracias a un logrado ritmo de edición, muy a la americana, y a la personalidad televisiva del propio Vaquerizo, quien ejercía un papel similar al de Ozzy Osbourne. En cambio, Cosmopolitan no logró que arrancase We Love Tamara, a pesar del interés inicial que podría despertar cualquier miembro de los Iglesia-Falcó-Boyer-Preysler. Porque la clave del reality televisivo no es cómo te llamas, sino cuánto estás dispuesto a dar.

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Fotograma del reality The Osbournes, sobre la familia del cantante de la banda de heavy metal Black Sabbath.

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