Barrocos vs austeros

Los extremos, lejos de aislarse en mundos diferentes, conviven y se atraen. La sobriedad y el exceso, aparentemente opuestos, habitan un lugar común: la personalidad de ideas claras.

Barrocos
Foto: Gonzalo Machado
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Barroco para escapar del ánimo predominante o minimalista para encontrar la armonía. La pasarela se bipolariza en dos tendencias que tienen mucho que ver con los tiempos de austeridad. La primera se recrea en lo suntuoso, en un sueño de épocas mejores, donde el dorado, los estampados, los complementos y las formas sinuosas son los reyes. El rococó contemporáneo es una forma de diversión que, para muchos de sus prosélitos, sirve para arrancar una sonrisa. En el polo opuesto, los adeptos a las líneas limpias y a los colores puros encuentran en las prendas sencillas el equilibrio que le falta al mundo. Su máxima es el orden, la mesura y la serenidad. En la ropa se traduce en una economía de formas que no va necesariamente ligada a la monetaria. Adoptan una discreta actitud espectadora desde la que observan con simpatía a sus antitéticos barrocos, que logran alegrarles la vista. En el fondo, si no se dan la mano, se rozan con el pie en la eterna atracción de los polos que se tocan por opuestos.

«Quizá sean personas más generosas», teoriza el cirujano plástico Enrique Monereo. «Yo visto más tranquilo. Sobre todo, busco ropa que me haga parecer más joven y delgado». Los físicos, esos que se mejoran en su taller, también pueden ser sobrios. «Los delgados lo son mucho más que los exuberantes, más recargados». Es austero por generación y minimalista por desprendido. Solo cuando sale de trabajar se permite una «camisa de fantasía». ¿Con palmeras? «No (ríe). Unas rayas algo más anchas o colores más animados». Aunque reconoce que le gustan los estampados para las mujeres. «Dan alegría de vivir. Es bueno que la ropa femenina tenga algo de imaginación. En general, la gente que viste más llamativo da más pistas sobre su personalidad».

«Los sobrios también». Lo dice la experta. Alejandra Vallejo-Nágera, psicóloga, escritora y colaboradora de radio y televisión, se identifica con la posición observadora. «La ropa tiende a ser un reflejo de cómo vive la persona sus circunstancias. Mi trabajo, por ejemplo, consiste en escuchar, no en llamar la atención. Además, no sabría ser barroca aunque quisiera; quizá porque vengo de una familia oriental». Eso sí, para ella el estilo abigarrado tiene un sentido en la actualidad. «Quien lo viste se siente glorioso: me parece fenomenal. Pero yo apenas uso complementos –pequeñas obras de arte–, llevo vestidos rectos y colores con base azul y no suelo maquillarme».

La actriz Patricia Vico es más cambiante. «Depende de mi estado anímico. No sabría definirme». Aunque algo sí tiene claro: nada de logos a la vista. «Hay cosas que son muy bonitas, pero que me repelen por el mero hecho de llevar la marca estampada. Me gusta la sencillez en la ropa –soy muy fan de Phillip Lim–, nunca llevo pendientes y tengo solo algunos collares, regalos de gente que aprecio». Poco que ver con Violante de Aragón, el personaje que interpreta en Toledo, la serie que emite Antena 3 los martes por la noche.

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De izquierda a derecha, Valeria Domínguez, Ali Ganjavian y Nuria Roca.

Gonzalo Machado

Como Vico, Cayetana Guillén Cuervo juega a ser barroca con sus personajes y en los editoriales de moda. «Me divierten los excesos cuando interpreto, porque no lo hago mucho en mi vida diaria». La fantasía, dice, es necesaria para no morir de tristeza en estos tiempos de sobriedad obligada. «Que no nos falte la sonrisa ni las ganas de seguir gustando. No nos tenemos que poner de luto». A ella la ayudan, además del oficio, sus estilistas de cabecera (Juan José Rodríguez y Paco Casado). «Si me sugieren algo más atrevido, me lanzo porque me fío de su criterio». El resultado se ve en Versión española (los sábados en TVE 1 y los martes en TVE 2, con coloquio). Guillén estrenará también esta teamporada Una pistola en cada mano, de Cesc Gay, y empieza a ensayar El malentendido, de Albert Camus.

La nueva austeridad exige a los personajes públicos que se hagan cargo de la situación también con su aspecto. Carmen Alborch, senadora del PSOE por Valencia, es consciente de ello, pero recuerda que un estilismo más recargado no es necesariamente sinónimo de caro. A ella le tira la tierra. «Nuestros trajes tradicionales son de un barroco hermosísimo; equilibrado, eso sí. Hay veces que he salido a la calle y me han temblado las piernas al verme. Me digo: “Madre mía, hoy he estado rozando el límite”». De hecho, tiene pensado hacerse un abrigo con retales de trajes de fallera. Personalizar la ropa es una de sus grandes aficiones y los puestos de baratillo, un paraíso para encontrar material.

A Álex O’Dogherty, que esta temporada hace de maestro de ceremonias en The Hole, también le atrapan los mercadillos, sobre todo Camden Town y Portobello, un gusto que adquirió en sus años londinenses. «Cuando llegué me alucinó pasar desapercibido. Desde niño en mi pueblo [San Fernando] llamé la atención porque me gustaba llevar sombrero. Ahora me pongo muchos anillos, me gustan los bastones y tampoco me entienden muy bien. En una ocasión que se me ocurrió llevar un pantalón bombacho. Me sacaron en la sección de las peor vestidas en una revista».

Durante el año y medio que lleva al frente de la tienda online de Adolfo Domínguez, el volumen de ventas se ha incrementado en un 173% y Valeria Domínguez, la mediana de las hijas del diseñador, camina casi sin hacer ruido sobre sus «zapatos veganos. Mi padre es un gran ecologista y aboga por la austeridad de espíritu y la vida sencilla. Nos lo ha transmitido desde pequeñas. Hemos vivido siempre en el campo y, si desde que naces has tenido perros que han sido tus mejores amigos, tienes un trato con el mundo animal completamente diferente». Aunque no pare de viajar y trabajar en el universo de la moda, lleva una vida austera. «Estuve en un internado en Alemania y me cambió la vida aprender cómo tenían todo organizado para el reciclaje. Eso intento transmitir con lo que llevo puesto y con nuestra firma. Creo que el lujo es la calidad duradera, una concepción de la moda más atemporal y el diseño único y singular».

Ali Ganjavian es arquitecto y creador, junto a su amigo Key Portilla Kawamura, de su propio estudio (www.studio-kg.com y www.studiobanana.org). Para ellos, «la arquitectura es una manera de pensar que se puede aplicar a cualquier campo. Lo importante es la esencia de las cosas. Para conseguir el agua más pura hay que eliminar impurezas y, al buscar la esencia, hay que tener una manera de pensar muy abierta. Si voy vestido de negro con un cinturón rojo, me definen como la persona del cinturón rojo; pero si voy de varios colores, no hay nada que me defina. Como estamos tan rodeados de información, me gusta depurar las ideas para que destaque una».

Publica su nueva novela, Lo inevitable del amor (Ed. Espasa), en octubre y Nuria Roca destila naturalidad en cada gesto. «El estado de ánimo es el que dicta mis estilismos. Suelo ser minimalista, pero, de vez en cuando, me echo encima un exceso, porque creo que hay que mantener el glamour». Es uno de los rostros más cercanos de la televisión. «Y, al final, uno acaba siendo el reflejo de lo que ven los demás. A mí me fascinan las mujeres mayores, con su cabello blanco; señoras que saben llevar sus arrugas y son elegantes. Hoy, que hay tanto bótox, el lujo es llegar a ser una de ellas, con esa misma seguridad. En cuanto al exceso, ahora hay cosas que, por decoro, no se deberían hacer. Tiene que ver con la educación de cada uno. Pero no creo que esté reñido gastarse mucho en ropa con ser sobrio. Hay personas con dinero que son de un hortera increíble».

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De izquierda a derecha, Fernando Encinar, Martha Postigo, Etsuro Sotoo y Judith Mascó.

Gonzalo Machado

De Fernando Encinar, creador de idealista.com y 11870.com, cuenta su twitter que le gustan la gastronomía, el vino, la ópera y el sol. «Así soy yo; sencillo. Cuando te muestras tal cómo eres de verdad en Internet, ahorras mucho tiempo, porque no tienes que estar continuamente recordando cómo te mostrabas ante determinadas personas. Si hay algo que crees que se puede volver en tu contra en el futuro, no lo hagas. Y mucho menos lo cuelgues en la Red. No hay más que ver lo que les pasa a los políticos, que enseguida se les caza en las mentiras de sus promesas». En su opinión, «volver a lo simple es lo que está funcionando». ¿El mejor ejemplo? «Que hemos pasado de menús de 20 platos a los clásicos primero, segundo y postre. Hemos recuperado las fórmulas de toda la vida».

Para la coleccionista de arte Martha Postigo, la palabra que en teoría la define –coleccionista– es «demasiado grande. De tanto repetírmelo los demás, lo he acabado asimilando. Aun así, me sigue costando. Soy una persona minimalista pero sin exagerar. Me gustan las imágenes limpias en el arte y también en el vestir. La elegancia es una actitud: no te la da un vestido, pero la humildad ayuda. Eso sí, todo lo sencillo suele tener mucho trabajo detrás, como el orden, la limpieza o la pulcritud», dice. Martha es práctica hasta cuando le toca viajar. «Desde el momento en el que decidimos el destino, solo tardo 20 minutos en hacer la maleta. No cargo con nada innecesario, con una pequeñita me basta».

Es escultor y lleva 34 años trabajando en la Sagrada Familia de Barcelona. Etsuro Sotoo lo hace con un respeto absoluto por los espacios y el silencio, porque él busca la esencia de las cosas en su trabajo y en su vida. «Será porque tengo sangre japonesa, pero si buscas la verdad, encuentras una respuesta simple. Como en los haikus, que casi sin palabras dicen muchas cosas. Con la escultura busco la verdad a través de la piedra. Y de Gaudí, por supuesto. En este mundo todo es muy fácil y somos nosotros quienes lo complicamos. El cerebro es un órgano, como el estómago, y no pide esta complicación», explica. «Yo tengo un pantalón y una camisa para trabajar; y una toalla que me pongo en la cabeza. Llevo la ropa que mis sobrinos consideran pasada de moda, pero a mi manera. La tendencia actual significa que todo el mundo mira cómo se mueve el péndulo de derecha a izquierda, pero nadie se fija en el lugar del que cuelga, la verdadera marca del tiempo».

La representante en activo de las primeras grandes modelos españolas Judit Mascó reconoce, a sus 42 años, que, a medida que se hace mayor, se da cuenta de que «lo más importante es conservar, mimar y valorar las cosas que tienes. Por mi profesión, siempre me he puesto lo que otros han decidido por mí. En privado soy lo contrario. Ser modelo no significa ser excesiva. Nunca me he sobrepasado en nada». Pero a la vez cree que es muy complicado ser barroco. «Hay que tener o muy buen gusto o muy mal gusto. Pero me divierte verlos, porque son lo opuesto a mí». Ella tiene claro que se ve mejor con poco que con mucho. «He aprendido que hay que ir vaciando los armarios de cosas; te da mucha libertad», asegura. Porque, al final, la realidad cotidiana coloca las cosas en su sitio. «El día que te pones de punta en blanco para ir a un evento, con un vestido largo, un maquillaje para el que tardas dos horas, más otra de peluquería, y unas joyas que te prestan valoradas en millones de euros, justo antes de salir de casa, el niño se hace caca y con toda esa producción encima te tienes que poner a cambiarle los pañales». Una dificultad que los más rococós llevan como una religión. Una vez puesta la falda de plumas de Gucci, Topacio Fresh no puede sentarse. «Para estar guapa hay que sufrir». Proclama la frase como si estuviera dispuesta a morir por ella. ¿Dos complementos mejor que uno? «¡Miles! Más es más siempre». La galerista acaba de reabrir La Fresh Gallery con proyectos de artistas mediáticos para ayudar a despegar a los emergentes. «Este año trabajaremos con Alaska, Mario y dos poco conocidos». Más allá del arte kitsch contemporáneo de su sala, Topacio describe su estilo personal como barroco, recargado y excéntrico. «Si vistiera más austera, me sentiría desnuda». Defiende la actitud positiva que imprimen el dorado, el cristal y el brillo. «Tú imagínate que no estás de ánimo y te pones algo dorado. No tienes más alternativa que salir con ese glamour que te otorga el color. Te cambia la energía. El dorado es el color del poder, del sol». Recomienda empezar el día con un detalle e ir sumando complementos a medida que se acerca la noche.

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De izquierda a derecha, Paco Clavel, Béatrice d´Orléans, Eduardo Casanova, Topacio Fresh, Luis Antonio de Villena e Hisako Hiseki.

Gonzalo Machado

Aunque si se trata de religión, el articulista y escritor Luis Antonio de Villena ve muchos más elementos moralizantes en la austeridad. «La sobriedad en nuestro país no es solo una opción estética: nos devuelve al pasado, a la España más fea, árida y carca. En momentos de crisis, aquí tendemos a refugiarnos en lo conservador. Sale toda la carcunda de la iglesia católica, que la derecha española no ha sabido apartar, con normas como que las señoritas no deben lucir el muslo». Por el contrario, el estilo más barroco –defiende– pretende llamar la atención sobre una forma de pensar y de ver la vida más lúdica, atrevida, libre y artística. «Creo en la línea imaginativa y transgresora, en un estilo dandi que puede sorprender a través de la ropa». Es más que una declaración de intenciones: al llegar a la sesión de fotos sugirió posar con un monóculo. Lástima, no pudo ser.

Más preparado llegó Paco Clavel. El artista trajo un bolso con todos los cachivaches que dan cuerpo a su estilo cutre lux. «Consiste en incorporar a la ropa objetos cotidianos». Un lazo de cuando hizo la primera comunión, unas botas del disco más setentero, imperdibles, pelucas y gafas de colores. «Cuando salgo a la calle a comprar la leche siempre tengo que ir vestido con un punto más: un adorno, un color…». Esa es su versión de diario, cómoda. «Para los espectáculos no existe el límite». Ahora se le puede ver en el Berlin Cabaret (en Madrid) unas tres veces al mes. Y en antena se le puede escuchar una temporada más en El guirigay, en RNE. Cuando la música se pone de por medio, Paco Clavel sucumbe al aderezo. «Una camiseta o un pantalón se pueden adornar muchísimo. Siempre empiezo con un poco y voy añadiendo: me da subidón. Pero hay que tener cuidado porque si no terminas pareciendo un escaparate…».

Pero, para las almas proclives al abigarramiento, el barroquismo es como una fiera insaciable y poco a poco conquista su espacio. El actor Eduardo Casanova se probó un elegante traje de pantalón y chaqueta. De pronto, un enorme pendiente llamó su atención. Se lo puso de refilón en el espejo. Y un brazalete. «¿Y si me pongo un tacón?». El espíritu del barroco hizo su trabajo y el actor acabó con un impecable vestido largo negro. «¡Menos mal que iba a ir de masculina!», pregonó por la sala. «La verdad es que no me visto para divertirme, pero debería empezar a hacerlo. De hecho, últimamente llevo un poquito más de oro». Aunque para él, el exceso no es solo una cuestión de moda. «Yo siento en barroco», afirma. Y, ¿cómo es eso? «Emociones al límite y bien recargadas: bien de tristeza, bien de alegría, bien de lágrimas y bien de carcajada».

El espíritu de Hisako Hiseki es mucho más reposado. Su vida transcurre entre tocatas y fugas en las teclas de un piano. Su estilo personal contrasta con la serenidad de su trabajo de pianista. «Cuando pasas tanto tiempo ante esas barritas blancas y negras necesitas vestir algo colorido que te anime. Por eso me gusta ponerme estampados, colores brillantes y complementos bonitos». Le encanta comprar ropa. «Tengo una buena colección de zapatos. Sobre todo, porque me cuesta acertar. Si tienen el tacón muy fino, se me engancha en el bajo de la falda y me hago agujeros. Y si tienen plataforma, no controlo bien los pedales del piano». Para los conciertos, como el que tiene programado el 23 de octubre en Zaragoza, prepara muy bien su vestuario. «Pregunto cuál es el color de la sala para buscar un contraste con mi traje: los conciertos de música clásica deben ser visuales». En casa también. Ahora pasa largas horas en soledad preparando un disco de música española, catalana y japonesa para conmemorar el 400 aniversario de la relación de nuestro país con Japón, que se celebra el año que viene. Su suntuosidad es una búsqueda de su lado más femenino, como el de Béatrice d’Orléans. «Francamente, entre el minimalismo y el barroco no tengo duda: el segundo tiene más creatividad, más fantasía y es mucho más seductor. Como este vestido de Lanvin, que da movimiento al cuerpo». Para ella, cuando una mujer se viste, se maquilla, se peina y se pone sus tacones de 15 centímetros es, sin duda, para seducir. «La moda minimalista no es mucho lo mío porque a veces es muy austera y los colores son muy tristes». ¿Y el negro? «No es un color sobrio, sino elegante». Es algo de lo que ella sabe. Su papel de presidenta de Luxury Spain (la asociación española del lujo) se lo exige.

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