Candice Huffine: una mujer real

Fotógrafos prodigiosos como Steven Meisel o Mert and Marcus han caído rendidos ante sus curvas. La industria venera a modelos plus como Candice Huffine, tras advertir que el mercado XXL va al alza.

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Sujetador con encaje de Agent Provocateur (155 €) y choker de strass art déco del siglo XIX de Cassone (600 €).

Foto: Damon Baker

¿Qué tienen en común todas las chicas Playboy, desde los años 50 hasta el presente? Que cada una de ellas, en su momento, ha representado el prototipo de la mujer sexualmente deseable. Pero hay algo más que comparten: por más que, a lo largo de las décadas, las conejitas hayan ido perdiendo redondeces y ganando músculos, por más que la forma y el tamaño de sus pechos hayan variado o que sus pubis, antaño frondosos, sean hoy lampiños, hay algo en ellas que ha permanecido inmutable con el paso de los años. Algo tan objetivo que se puede expresar en forma matemática. Se trata de la razón cintura/cadera: en todas ellas, oscila entre 0,68 y 0,71 centímetros. Es decir, todas ellas tenían y tienen una cintura marcadamente más pequeña que sus caderas. Todas las chicas de los desplegables de Playboy han sido mujeres con curvas.

La persona que se tomó la molestia de constatar este dato no fue un freak de la estadística ni un obseso sexual, sino el profesor Devendra Singh, reputado psicólogo e investigador, quien profundizó en el tema y también constató que ocurría lo mismo con todas las ganadoras del concurso de Miss América. Él fue el primero en relacionar el valor de la ratio cintura/cadera con el atractivo femenino y en apuntar las poderosas razones evolutivas que podría haber detrás de las preferencias de los varones por las mujeres de cintura estrecha y caderas poderosas. Desde su punto de vista, que los hombres heterosexuales se queden subyugados ante una mujer con figura de guitarra es fruto de la evolución. De alguna manera, esa curva que hoy se nos antoja sexy pudo ser durante milenios un indicador fiable de fertilidad, de capacidad de gestar y sacar adelante a la prole. En definitiva, de perpetuar la especie.

«Efectivamente, hay una corriente en el campo de la psicología evolucionista que sostiene que el gusto por las mujeres con curvas (y por mujeres con curvas se entiende que tengan una cintura cuyo diámetro, aproximadamente, sea unas dos terceras partes del de la cadera) refleja el interés masculino por buscar parejas con unas características idóneas desde el punto de vista de la salud reproductiva», corrobora Juan Ignacio Pérez Iglesias, catedrático de Fisiología en la Universidad del País Vasco y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica. Pero ¿qué tiene que ver la sinuosidad con la reproducción? «En las mujeres, las caderas, nalgas y muslos son almacenes de ácidos grasos poliinsaturados, y esos ácidos grasos son transferidos durante el embarazo al feto en desarrollo, ya que son esenciales para la formación del cerebro fetal. De ahí que la preferencia de los hombres heterosexuales por féminas con curvas esté orientada a favorecer una descendencia con mayores habilidades cognitivas».

Pero hay mucho más. En la misma línea de la psicología evolucionista, Ambrosio García Leal, psicobiólogo y autor de La conjura de los machos (Ed. Tusquets), pone en duda que la propaganda que se ha hecho de las curvas sea del todo cierta. Si la atrofia mamaria y la estrechez del canal del parto fueron causas significativas del fracaso reproductivo durante la evolución del género humano –nuestros ancestros no tenían leche de vaca para suplir la materna, ni podían hacer cesáreas–, es comprensible que unas mamas bien desarrolladas y unas caderas anchas se convirtieran en criterios de elección adaptativos por parte masculina». Pero el tejido adiposo, hoy lo sabemos, ni produce leche ni ensancha la pelvis, por lo que esta publicidad engañosa debió de acompañarse de algo verdaderamente útil evolutivamente hablando: la función de la grasa.

«La grasa no es un lastre inútil, sino una valiosa reserva de energía, agua y vitaminas liposolubles», señala García Leal. «Las curvas femeninas no son solo una exageración ficticia del volumen mamario y la anchura pélvica, sino un capital del que se puede echar mano en épocas de vacas flacas». Con él coincide el doctor José Ordovás, director del Laboratorio de Genómica y Nutrición de la Universidad de Tufts (Boston) y coordinador del libro Obesity, quien apunta: «Esta es una de las razones de que, en nuestros días, haya muchísimas más mujeres que tiendan a acumular grasa en estas zonas en vez de a quemarla. Hace miles de años, en épocas de grandes hambrunas, el hecho de que una mujer fuera capaz de comer y almacenar fue una ventaja evolutiva, pues así tenía reservas de las que tirar en momentos de escasez».

Pero hay algo curioso en esta exaltación de la grasa: si, efectivamente, suponía una ventaja, ¿por qué resulta atractiva una cadera ancha y no así un abdomen prominente? ¿Por qué, en el repertorio de los piropos (machistas), se dice con admiración «¡vaya culo!» y no, en cambio, «¡vaya barriga!»? Nuevamente, la biología evolutiva nos ofrece una interesante pista. «Una hembra de vientre abultado era sospechosa de estar en estado de buena esperanza y, en consecuencia, no fecundable», señala García Leal. Y todo ello, al parecer, ha llegado a nuestros días. Un reciente estudio, publicado en Live Science, sugiere que la visión de una mujer con curvas marcadas produce en varones heterosexuales el mismo efecto que el experimentado al consumir alcohol o drogas. Nada realmente novedoso, bromea Steven Platek, del Georgia Gwinnett College en Georgia: «Hugh Hefner, el fundador de Playboy, nos lo habría dicho también enseñándonos los ceros de su cuenta bancaria».

El lugar no determina el gusto. Así, aunque fue el profesor Singh quien puso en el disparadero científico la cuestión de las curvas femeninas y sus presuntas ventajas evolutivas «es un tema bastante controvertido», señala Pérez Iglesias. «Hay investigadores que no aceptan esta teoría y que sostienen que el gusto de los hombres por las mujeres curvilíneas es una cuestión fundamentalmente cultural y que, por lo tanto, varía con el tiempo y con la geografía». El grupo de Singh también se planteó dudas similares: al fin y al cabo, su investigación, continúa Pérez Iglesias, «refleja el gusto de los varones norteamericanos lectores de la revista, y lo hace solo desde 1953. Por tanto, subsistía la duda de hasta qué punto ese gusto era universal e invariable a lo largo del tiempo».

Para obtener nuevas pistas, los científicos acudieron a descripciones físicas de féminas en la literatura británica, centrándose en referencias realizadas a los contornos de sus cinturas. Tras tomar estas muestras literarias, de entre los siglos XVI y XVIII, se descubrió que las cinturas estrechas eran siempre descritas en términos elogiosos (incluso cuando había muchas más menciones románticas a mujeres rollizas que a delgadas). Y, también, «las bellezas femeninas que aparecen en las obras épicas de la India Mahabharata y Ramayana, de entre los siglos I y III, al igual que en la poesía palaciega china de la sexta dinastía, son retratadas con cinturas estrechas».

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Chaleco gabardina de Vogue by Marina Rinaldi (613 €), sujetador (78 €) y culotte (67 €), ambos de Marina Rinaldi; zapatos de Christian Louboutin (1.295 €), sombrero de piel de Harbort (c. p. v.), pulsera de plata de Joaquín Berao (680 €).

Foto: Damon Baker

Esto en lo que se refiere a la cuestión temporal; pero ¿habría también diferencias en función de la geografía y la cultura? En un nuevo estudio, el grupo de la Universidad de Texas trabajó con varones de Camerún, Samoa, Nueva Zelanda e isla de Komodo a los que mostraron imágenes de mujeres que se habían hecho una liposucción para eliminar grasa de la cintura y añadírsela a la cadera (de modo que ni su peso ni su índice de masa corporal variaran). El resultado fue que, también a ellos, les gustaban más las mujeres así. «Con independencia del origen geográfico y del contexto ambiental y cultural de las poblaciones estudiadas, a los hombres a los que nos gustan las mujeres nos gustan con curvas, y esto es algo que vale para cameruneses, samoanos, británicos y vascos»,concluye Pérez Iglesias.

Este mismo pensamiento era el que tenía en mente Carmen Posadas cuando escribió un artículo titulado Los hombres las prefieren gordas en el que decía: «Rindámonos de una vez a la evidencia: los hombres, todos, las prefieren redondas por no decir gordas. Sin embargo, tan mediatizados estamos por la tele y las revistas, que pensamos que los cánones de belleza son lo que vemos en las pasarelas: niñas andróginas». «¡La que se armó!», recuerda la escritora. «Nunca he recibido más comentarios ni más insultos, tanto de hombres como de mujeres, porque se me ocurrió decir que Scarlett Johansson está gorda… Pero es que es verdad: por más que quede bien decir que a uno le gusta Audrey Hepburn, en cuanto rascas un poquito te das cuenta de que todo hombre lleva una gordita en su corazón».
Parece que sí la llevan desde Mario Vaquerizo –«Me gustan las mujeres con curvas y con tetas. No soy gay»– a Carlos Baute –«La curva me encanta, no me gustan las mujeres esqueléticas, para nada»–; desde John Travolta –«Cuando era joven, las mujeres tenían formas; a mí me gustan Sophia Loren, Brigitte Bardot o Marilyn Monroe»– a Toni Cantó –«Nunca me han gustado las mujeres delgadas. Lo de que a los hombres nos gustan mujeres contundentes no es un topicazo. ¡Es verdad!»–, o incluso a Zac Efron –«No sabría citar exactamente unas medidas concretas, pero me gustan las chicas con curvas, chicas con caderas»–. Y, cada vez más, ellas comienzan a darse cuenta de que la obsesión actual por estar delgadas es mucho más femenina que masculina. Del mismo modo, la cantante Edurne, tras ser elegida en una encuesta como la mujer más sexy de España, aseguraba: «Somos nosotras las que creemos que la delgadez es sensual; a los chicos les encantan las curvas. El cuerpo de guitarra es lo más sexy».

Todo indica que esa aspiración a alzarse como la mujer incorpórea, apenas un suspiro, es una trampa en la que ha caído el sector femenino y que tiene bastante poco que ver con el gusto real de los hombres. Pero ¿quién tendió el lazo? «En los últimos años, la moda pareció convertirse en árbitro de la elegancia; terminó haciéndonos creer que es ella quien dicta lo que es y lo que no es bello, y nos propuso el modelo de la delgadez más elitista», señala Pedro Mansilla, sociólogo especializado en moda. «Más todavía: aun a riesgo de caer en la incorrección política, diría que la moda es un discurso estético que, pese a dirigirse a las mujeres, está dominado por un clan formado mayoritariamente por hombres homosexuales. Y, para los gais, una mujer con curvas es demasiado real, demasiado tentadora y apetecible… Lo que ha pasado en los últimos años es que el cine y la música han tomado el relevo y han surgido nuevos mitos, como Scarlett Johansson o Beyoncé, más sensuales y reales».

¿Todos de acuerdo, entonces? Bueno, no tanto, sobre todo a la vista de la polémica entre Carmen Posadas y sus lectores. Aunque, posiblemente, el pecado de la escritora haya sido el de cambiar la palabra curvas por la palabra gordas –algo que, por cierto, también ha hecho en más de una ocasión Karl Lagerfeld, aunque en su caso con mucho mayor estruendo mediático–. Porque el peso cultural del que antes hablábamos permanece ahí, y, por mucho que, en estos momentos, parezca que hay un reconocimiento del gusto por la mujer rotunda, no estamos ante una oda al michelín. Una ojeada a las mujeres más deseadas y sexies del mundo –por ejemplo, en el ranking que cada año elabora la revista online Askmen– nos mostrará a Sofía Vergara, Miranda Kerr, Kim Kardashian, Rihanna, Kate Upton, Candice Swanepoe… Todas ellas, nuevamente, con una razón cintura/cadera que bordea el 0,7 ideal. Todas ellas con curvas, sí, pero también sin lorzas.

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Jersey de punto de Cos (69 €), falda tubo de Naulover (120 €), zapatos de Jimmy Choo (525 €), collar de strass de colores de Cassone (400 €) y pulsera vintage de strass de Pez (225 €).

Foto: Damon Baker

Un perfecto golpe de cadera. Un fotogénico enfurruñamiento. Larguísimas piernas que se cruzan y se descruzan. Otra sesión de fotos de moda. Con la excepción de que la modelo muestra unas curvas firmes y generosas. La espléndida figura de Candice Huffine, que hace pensar en todo lo bueno de la vida, tiene embobado al equipo entero. «¡Quiero tener ese cuerpo!», declararía más tarde el fotógrafo Damon Baker en Twitter. En un mercado tan variado como el actual, una modelo talla 48 no debería ser una rareza. Pero en la industria de la moda, donde las medidas se miden con lupa, Huffine lo es. Tras una década trabajando, su nombre empieza a sonar. «Podemos hacer exactamente lo mismo que las demás», reivindica esta dulce estadounidense de 27 años. «No tenemos que limitarnos a salir en catálogos de tallas grandes».

Hoy es parte de la conocida agencia Ford, pero ¿cómo empezó en la moda?

Participaba en concursos de misses y a los 14 años la madre de otra de las chicas me animó a probar suerte como modelo. Mi madre no entendía nada ¡porque para nosotras lo que yo hacía ya era ser modelo! A pesar de eso, busqué en Internet direcciones de posibles representantes, mi madre me sacó unas fotos en el jardín y un fin de semana viajamos de Maryland a Nueva York. Curiosamente, casi todas las agencias me aconsejaron que adelgazase. Menos una, que me propuso formar parte de la división de tallas grandes. Al principio no me hizo ilusión: era una niña, tenía una talla 38 y no me gustaba que me encasillaran entre las grandes. Pero me enseñaron fotos de mujeres bellísimas y acepté.

Desde entones esa visión tanto suya como de las agencias habrá cambiado mucho…

Cuando llegué a Nueva York en 2003, tras acabar el instituto, no había mercado. Tuve que trabajar de camarera para mantenerme. Ahora Michael Kors, Calvin Klein y casi todos los grandes almacenes utilizan modelos para vender sus tallas especiales porque es un sector que hace ganar mucho dinero.

¿Se ha librado de etiquetas?

Eso espero. He trabajado junto a chicas más delgadas y nadie se dedica a marcar diferencias. Las modelos plus somos capaces de hacer mucho más que el típico reportaje de tallas grandes que se publica una vez al año en las revistas…

Su portada de Vogue Italia del pasado junio, fotografiada por Steven Meisel, marcó un antes y un después.

Me cambió la vida. Era lo que las modelos como yo estábamos esperando hacía tiempo. No es fácil impulsar el cambio y que los demás vean que puedes hacer otras cosas. Este editorial abrió los ojos de la industria y demostró que somos guapas, sexies y buenas modelos. Ahora la gente quiere ver más.

¿Fue un casting diferente a los demás?

Nos pidieron que fuésemos sin maquillar, con el pelo en una coleta y ropa sencilla. ¡Esa no es la manera en la que las modelos de tallas grandes vamos a los castings! Vestimos con prendas ajustadas, nos arreglamos el pelo y nos pintamos. No pude ni ponerme máscara de pestañas porque a Steven Meisel le gusta ver a las chicas lo más naturales posible. Al final no tenía por qué haberme puesto tan nerviosa: hablé con él y con la maquilladora Pat McGrath como si fueran mis amigos de toda la vida.

¿Ha sufrido experiencias negativas?

No, pero sé de amigas a las que les mandaron a casa porque eran «gordas». Espero que no tengamos que toparnos más con ese tipo de situaciones. Hay que cambiar de una vez de mentalidad.

¿Alguna vez se ha visto demasiado retocada en las fotografías que le han hecho?

No, la verdad. Las controversias pasadas han hecho entender a la industria que la gente lo que quiere ver es a chicas reales.

¿A las modelos de talla XL se les exigen cierto tipo de requisitos como no perder peso?

No conviene bajar y subir de talla, a pesar de que algunos clientes te lo pidan. Yo creo que no puedes complacer a todo el mundo: no es sano para ti y, además, es muy complicado. En mi caso, no hago demasiado ejercicio porque viajo a menudo, pero conozco a modelos plus que frecuentan el gimnasio. Lo importante es sentirte bien contigo misma. Ahora hay trabajo para todas, ya seamos musculosas o con curvas.

¿Qué tópico a la hora de vestir curvas hay que desmontar de una vez?

Durante años se empeñaban en ponernos ropa grandota y tacones anchos pero nos favorecen más las prendas ajustadas. Personalmente, suelo llevar vestidos cortos porque estoy orgullosa de mis piernas. Me va el estilo rockero, los vaqueros pitillo y abuso del negro. Pero no lo hago por parecer más delgada, sino porque en Nueva York la gente tiende a vestir en tonos oscuros.

¿Dónde compra?

Las tallas de Zara son pequeñas para mí pero tampoco me gusta que haya una sección específica dedicada a las grandes como sucede en H&M. Ahora, ya hay muchas tiendas que incluyen una gran variedad de tallaje. Es de cajón: nosotras también tenemos derecho a ir de compras.

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Sujetador de Marina Rinaldi (78 €), falda verde de Cos (79 €)

Foto: Damon Baker

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Chaleco gabardina de Vogue by Marina Rinaldi (613 €), sujetador (78 €) y culotte (67 €), ambos de Marina Rinaldi; zapatos de Christian Louboutin (1.295 €), sombrero de piel de Harbort (c. p. v.), pulsera de plata de Joaquín Berao (680 €).

Foto: Damon Baker

Comentarios

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  • 85

    yo mismo

    02 de marzo 2013 | 17:00 h.

    madre que buena estasss!! joe!

  • 84

    moda primavera verano

    06 de septiembre 2012 | 21:42 h.

    Me encanta ese outfit!!! La moda primavera verano aún sigue viendose reflejada en las pasarelas y calles, y aunque ya el otoño llega, lo cierto es que todavía se siente el calorcito y la ropa para ellos es necesaria...

  • 83

    Serea

    27 de mayo 2012 | 21:39 h.

    Creo que mujeres SOMOS TODAS, las gorditas, las flacas las altas las bajas......que barbaridad es esa que solo las mujeres con curvas son de verdad" las demás son de mentira? .....que pena ademas que siempre seamos las mujeres las que nos atacamos las unas a las otras. a los hombres les gustarán a unos las gorditas y a otros las flacas que para eso estan los gustos.......pensemos por favor!! en la diferencia esta la belleza de la mujer, rubia, morena, blanca, negra, china o marroquí..malditos canones!

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