Marina Abramovic: "Al igual que el arte, la moda tiene grandes artistas. Me interesan los revolucionarios"

Marina Abramovic ha encumbrado la ‘performance’. Su vida es una obra de arte. Es la artista a la que hay que ver y conocer.

Marina Abramovic

Marina Abramovic lleva quimono de Alexandre Vauthier.

Foto: Álvaro Beamud Cortés

Llega al estudio un ciclón de energía. Un mujer que con sus conmovedoras obras ya es parte de la Historia del Arte. Han pasado 40 años desde que Marina Abramović comenzara a hacer performances en Yugoslavia, «cuando contar con 30 personas como público era una multitud», afirma. El pasado año logró el récord de visitantes del MoMA en arte en vivo. «Hacían cola durante horas para sentarse delante de mí y en Nueva York nadie tiene tres minutos para nada».

Ahora es capaz de pasearse por la alta costura de París o ir al Amazonas brasileño a aprender con los chamanes. Le habría gustado conocer a Rasputín o a Caravaggio y reconoce que le atrae trabajar con la gente de la moda.«Es interesante transformarla. Algún día haré algo en la pasarela», cuenta. Del 11 al 22 de abril interpretará su biografía escrita por Bob Wilson, Vida y muerte de Marina Abramović, junto a Antony Hegarty y Willem Dafoe en el Teatro Real de Madrid. Además, S Moda colaborará en la exposición Selected Early Works, una selección de fotografías y vídeos de performances históricas de la artista, organizada por La Fábrica Galería (lafabricagaleria.com) a partir del día 10.

¿En qué se diferencia la Marina que ahora tenemos delante de la de las performances?

La diferencia es inmensa. En mi vida privada soy una persona muy distinta: alocada, con este follón de agenda [nos muestra todo lo que tiene programado para estos días y se le cae uno de sus dos teléfonos al suelo]. Y nunca hago cosas que no me gustan. No me gusta el sufrimiento ni cortarme con una cuchilla. Prefiero el placer y la diversión. Pero nadie ha cambiado haciendo cosas que le gustan. La felicidad es un estado maravilloso, pero no es productivo porque cuando eres feliz no haces nada profundo, no cambias. Por eso llevo a escena situaciones complejas, dolorosas y a las que tengo miedo, para sacar a la otra Marina, la soldado, la que hace arte, la que me absorbe entera y me arrebata cada gota de energía. Y eso que tengo una fuerza genética salvaje. Cuando acabo la performance vuelvo a ser la pequeña Marina otra vez y necesito comer un helado [ríe].

¿Cuántas Marinas diría que existen?

Reconozco a tres. Cuando me muera, habrá tres cuerpos en tres puntos del planeta: Belgrado, Ámsterdam y Nueva York. Nadie sabrá cuál de todos es el cadáver real. Cuando el espectador entre al Teatro Real para ver Vida y muerte de Marina Abramović se verá inmerso en un funeral.

¿No es contradictorio aceptar la existencia de varias personalidades para tener personalidad?

Al principio de mi carrera me avergonzaba de cosas que creía vacías o superficiales, como la moda. Ahora creo que es importante exponerse a contradicciones, porque la verdad es contradictoria. Yo no tengo secretos, mi vida es pública y trabajo con la vergüenza, expongo cosas de las que me siento avergonzada.

¿Y no se arrepiente de nada?

En absoluto. Es muy importante fracasar, porque si no fallas es que nunca experimentas. Si te repites a ti mismo porque lo exige el mercado, porque así te reconocen, estarás medio muerto el resto de tu vida. Primero tienes que sorprenderte a ti mismo y tomar el fallo como una enseñanza, una oportunidad para aprender.

Marina Abramovic

Abrigo negro de Yohji Yamamoto, top, pantalones y anillo, todo de Givenchy; anillo escultura de Lotocoho, peep-toe de Jimmy Choo

Foto: Álvaro Beamud Cortés

¿Nunca ha dudado de lo que hace?

Estamos rodeados de elecciones y hay que tener intuición para saber qué es lo que tienes que hacer en la vida. Claro que me he planteado qué hago en este planeta, cuál es mi función. Para algunos es ser político o ser madre. Yo he sufrido un divorcio horrible estos últimos cuatro años, pero soy afortunada porque sé que siempre puedo volver al arte, que es mi refugio, mi vida. Si volviera a reencarnar, sería artista de nuevo, es lo único que sé hacer.

La hemos visto en la primera fila de Givenchy. Supongo que ya no piensa que la moda es superficial.

En los 70, si vestías a la última, no eras un buen artista. Cuando cumplí 40 años, rompí con mi pareja. Perdí al hombre que amaba y a mi compañero de trabajo. Me sentía miserable. Con el primer dinero que gané me fui a París, me compré un traje de Yamamoto, fui a la peluquería, me subí a unos tacones, me pinté los labios y me vi guapa. Entonces me puse a prueba y pensé: hago mi trabajo, creo en él y amo la moda. ¿Por qué debería estar avergonzada?

¿Y qué le interesa de la moda?

Al igual que el arte, tiene grandes artistas e imitadores, y están muy cerca. Solo estoy interesada en los que aportan algo nuevo, de la misma manera que me atraen los revolucionarios en el arte. Comme des Garçons son increíblemente creativos, idean esculturas, aunque eso no significa que te las puedas poner todas. Acabo de ver la última colección en París de Costume National y me ha gustado porque es muy geométrica, muy limpia. También adoro a Margiela y a Riccardo Tisci porque representan a la mujer con mucha fuerza, justo lo contrario que Cavalli. No puedo soportar la idea de vulgarizar la imagen de la mujer en cualquier aspecto donde una se convierte en un objeto de deseo sin proyectar su propia personalidad. Lo más divertido: tengo 65 años y he hecho portadas de revistas de moda que otras harían con 18.

¿Por qué ha elegido una ópera para interpretar su vida?

No lo es en el sentido estricto. Si lo denominas así, los asiduos del Teatro Real nos crucificarán y nos tirarán piedras. Es una idea más moderna, una representación de mi vida en el escenario. Le di a Bob Wilson todo el material sin restricciones –mis cartas íntimas, mis escritos y mis libros– para que rehiciera mi vida como quisiera. Siempre he tenido el control de mi vida y de mi trabajo. Pero he dejado que Bob hiciera lo que quisiera. Y ha hecho una locura. Me dijo que tendría que interpretarme a mí misma y a mi madre, y acepté. Aunque viví un infierno con ella y siempre la he odiado. Me dijo que un señor con bigote haría de mí de pequeña y también acepté. ¡Y no he tenido bigote en mi vida!

¿Y por qué viene a Madrid?

Por mi gran historia de amor con Gerard Mortier [director artístico del Teatro Real]. El Teatro Real es alucinante. Cuando entras, se te corta la respiración. Pero allí solo se hacía ópera vieja; nada nuevo. ¡Que estamos en el siglo XXI, baby! Llegó Gerard, hizo unas propuestas y está poniendo a prueba a la burguesía española.

¿Por qué eligió a Antony (de Antony and the Johnsons) y Willem Dafoe?

Antony es un ángel en la Tierra, un cantante increíble y el único con el que quería trabajar. Wilson me propuso a Björk, que también es mi amiga, pero es que toda la obra de Antony gira alrededor de las emociones. Y Willem, porque es un grande de las tablas. Representa a mi padre, a mi amante, a mi marido, a un payaso… Solo él podía interpretarlos a todos.

¿Qué significa para usted ser artista?

Es aceptar una gran responsabilidad social y saber que hay mucho por hacer. Tenemos que crear el equilibrio en esta sociedad tan desconectada, donde la tecnología lo invade todo. Pensar que el artista tiene que estar en un estudio, borracho y drogado, sin que le importe el reconocimiento es una idea estúpida. Tiene que funcionar como un gatillo y conseguir que las personas miren dentro de sí mismas.

Marina Abramovic

Camisa blanca de Givenchy.

Foto: Álvaro Beamud Cortés

¿En qué cree?

En la religión no. Es una institución y no confío en las instituciones. Creo en la energía de las personas y en esa invisible que lo envuelve todo. Cuando el cuerpo muere, algo sigue existiendo; es un hecho científico que cuando fallecemos perdemos 21 gramos de «algo». Creo en ese «algo».

¿Y sabe dónde está su límite?

La cuestión es quién crea los límites y yo no tengo la respuesta. Si te dices: «No puedo hacerlo», no lo harás. Pero si te planteas: «Lo haré de cualquier forma», lo acabarás haciendo. Lo extraño es la experiencia con el dolor. Puedes sufrir, poner tu cuerpo al límite y pensar que o te mueves o te desmayas. Entonces decides no moverte y todo el dolor desaparece. Es increíble, pero no basta con que lo cuente, si no lo experimentas, no puedes entenderlo. Yo lo he conseguido, he visto que hay una luz al otro lado y me ha hecho feliz.

¿Cuál es la diferencia entre hacer una obra que se expone, una performance en la que solo la observan y una performance en la que el público interviene?

Hay una gran diferencia. En mis inicios yo creía que era pintora. Cuando empecé a experimentar con mi propio cuerpo descubrí que esa era mi herramienta. También entendí que no solo podía hacer las performances para mí misma, tenía que ser para un público porque completa la obra. Tengo que encontrar una forma para que la gente experimente mis performances cuando yo ya no esté presente. Estoy enseñando a los artistas jóvenes cómo rehacerlas. Pero no es suficiente. A la gente nunca la han instruido para ver performances. Por eso he creado el Método Abramović. En él expongo que nadie cambia observando experiencias de otras personas. Leer un libro o ver una película es bonito, pero no te cambia. Lo único que te transforma es la propia experiencia personal. Quiero poner al público en una situación en la que sean ellos quienes experimenten.

¿Y cómo piensa llevarlo a la práctica?

He comprado un viejo edificio de los años 30 en Hudson (Nueva York) y cuento con el arquitecto Rem Koolhaas para el proyecto. Pretendo que sea una ONG donde solo necesitaré el tiempo del público. Si tú me das tu tiempo, yo te doy tu experiencia. Será el Center for the Preservation of Performance Art y habrá danza, teatro, vídeo, performance, etcétera. El público tendrá que ponerse una bata, dejar relojes y móviles en una caja y subirse en una silla de ruedas. Habrá un aparcamiento para dormir y será parte de la performance.

Marina Abramovic

Capa negra, top y pendiente, todo de Givenchy.

Foto: Álvaro Beamud Cortés

Marina Abramovic

Quimono blanco con banda roja de Alexandre Vauthier.

Foto: Álvaro Beamud Cortés

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