¿La testosterona en espray es la Viagra femenina?

Lo novedoso es su aplicación: solo cuando se desee, como ocurre con la Viagra.

Julie Wilson

La cantante Julie Wilson finge leer El informe Kinsey, un libro sobre la sexualidad publicado en los años 40.

Foto: Getty Images

Hace menos de un mes la medicina anunciaba que por fin tenía la versión femenina de la Viagra: Tefina, un gel intranasal basado en la testosterona que, inhalado en espray por la mujer dos horas antes de la actividad sexual, incrementa la libido y mejora el riego sanguíneo en los órganos sexuales, lo que puede ayudar en casos de anorgasmia. 

El descubrimiento, del laboratorio Trimel Pharmaceuticals, se ha probado en Canadá, EE UU y Australia. Sus defensores afirman que se trata de la solución al mal que aqueja al 80% de las mujeres que van a una consulta: el deseo sexual hipoactivo (DSH), causante de la frase que zanja una noche de lujuria: «Hoy no, me duele la cabeza».

La revolución de la Tefina no radica tanto en su composición, ya que lleva testosterona. «El único tratamiento que existía para estimular el deseo en mujeres con niveles hormonales bajos era Intrinsa, unos parches de testosterona», corrobora el médico sexólogo Santiago Frago, codirector de Amaltea, una asesoría de sexo para mayores (amaltea.org). Lo novedoso es su aplicación: solo cuando se desee, como ocurre con la Viagra. Su uso acaba con varios de los efectos secundarios de los tratamientos actuales. «Medicarse con testosterona por mucho tiempo puede producir agresividad, crecimiento del vello, insomnio y aumento de peso», informa María Fernanda Peraza, especialista en salud sexual del Centro de Urología, Andrología y Salud Sexual de Palma de Mallorca.

Otra gran esperanza al problema de la falta de deseo se llama Filbanserina. «Se la bautizó Viagra Rosa, pero la FDA (Food Drugs Administration) en EE UU no la aprobó y en 2010 se pararon las investigaciones. Se han retomado con resultados prometedores; sobre todo, a la hora de aumentar la excitación», explica Peraza. El ginecólogo estadounidense David Matlock ha ideado otra técnica, el G-Shot. Su teoría: si el punto G es una zona sensible, agrandarlo con inyecciones de colágeno o ácido hialurónico garantiza el orgasmo. Su planteamiento presenta varios problemas. El primero, sus posibles efectos secundarios: sangrado, sobreexcitación y dolor. El segundo: la existencia del punto G, ese objeto no identificado cuya presencia no ha sido probada científicamente. «Sí existe un área sensible debajo de la uretra, el problema es que solo puede localizarse en estado de excitación. Pero aumentar su tamaño no significa incrementar su sensibilidad», matiza la ginecóloga Paloma Andrés.

«La libido femenina es compleja; pero también puede haber factores físicos que la imposibiliten, como la menopausia, hipo o hiperfunción de las glándulas tiroides o adrenales y alteraciones uroginecológicas que produzcan dolor como la vulvovaginitis o defectos del suelo pélvico», detalla la doctora Peraza.

El urólogo Juan Ignacio Martínez comparaba en El País la sexualidad masculina con un interruptor y la femenina con el cuadro eléctrico de un avión, con más funciones, pero más difícil de arreglar. «Es verdad que el deseo en la mujer es más complejo; pero si goza de buena salud, aumenta con los años», opina el sexólogo Pablo Lozano. El doctor Frago añade: «Ellas viven el apogeo de su sexualidad de los 40 a los 50 años. Las limitaciones físicas que la pérdida de la juventud ocasiona en el sexo tienen fácil solución en las mujeres –lubricantes, vasodilatadores, etc.–. Una señora de 50 años debería tener una pareja más joven. Eso sería lo sensato a nivel biológico».

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