Gala, el diamante en bruto de Dalí

Elegante pero poco dada a los excesos, con un armario de alta costura y alérgica al cumplido fácil, la esposa de Dalí fue imprescindible para enternder la obra del pintor como hoy la conocemos.

Gala

Vestido de Lanvin y pamela de Philip Treacy para Giorgio Armani. Collar de perlas de Tous; gargantilla isabelina del siglo XIX realizada en oro y plata con diamantes y esmeraldas de Bárcena

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

Piensen en una mujer sentada bajo el sol invernal del Mediterráneo junto al joven catalán que se convertiría en el amor de su vida. Imaginen a esta misma mujer de adolescente, enferma de tuberculosis, en un sanatorio suizo. Visualícenla huyendo de su Rusia natal durante los días previos a la Revolución, en dirección a un París convertido en crisol de las vanguardias, donde años después se transformaría en musa del grupo surrealista. Proyecten a esa señora durante la madurez, con la blusa abierta y un pecho salido, posando para su esposo, ahora pintor de renombre internacional. Imagínenla dos décadas más tarde, compartiendo noches de lujuria junto a un actor de musicales reconvertido en telepredicador cristiano (sí, es Jeff Fenholt, el protagonista de Jesucristo Superstar). Intenten verla en su lecho de muerte, en el castillo ampurdanés que convirtió en fortaleza privada. Y, unos días después, reposando para siempre en la cripta del mismo lugar, junto a una jirafa esculpida por su marido como única compañía.

Antes de desaparecer, hace ya 30 años, Gala Dalí fue todas esas mujeres y algunas más. Su vida está documentada gracias a numerosas fuentes en docenas de estudios internacionales, contrastada por quienes la conocieron en persona y la frecuentaron durante décadas, contada incluso en primera persona en un diario manuscrito que fue encontrado hace unos años en un viejo baúl abandonado. Pero Gala Dalí –que en realidad, como podría suceder en una novela decimonónica rusa, se llamaba Elena Ivanovna Diakonova– sigue siendo un misterio indescifrable. «Hacen bien en interesarse por ella. Gala está por todas partes y, a la vez, resulta invisible». Lo dice Jean-Michel Bouhours, uno de los comisarios de la gran exposición sobre Dalí que se inaugura el miércoles en el Centro Pompidou, antes de desembarcar en el Reina Sofía en la primavera de 2013.

Cuando la muestra abra sus puertas en París, los visitantes podrán indagar en todas las facetas de la vida del pintor: el peso de los sueños en su obra, el fantasma latente del hermafroditismo y hasta su condición de pionero del personal branding. En todas, menos en lo relativo a la mujer que compartió su vida durante cerca de 60 años. En la trastienda del montaje de la exposición, clamando a los cielos porque un deseado holograma de Dalí llegue a tiempo para la inauguración, sus responsables reconocen no haber querido meterse en problemas. «No hemos intentado resolver la incógnita del personaje. Entre otras cosas, porque no existen suficientes documentos para lograr entenderla: solo hay una grabación en la que se la escucha hablar. Fue una figura discreta, que se mantuvo voluntariamente en un segundo plano. Pero no fue la típica musa pasiva y sin temperamento. Desde la sombra, ella dirigía el negocio. Sin Gala no tendríamos el Dalí que conocemos hoy. Y ese plano secundario le confería una inmensa libertad, a la que nunca quiso renunciar», explica Bouhours.

Gala

Vestido de Gucci. Pendientes de oro blanco, diamantes, zafiros y coral de Dior Joaillerie

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

A su lado, otro de los responsables de la muestra, el historiador de Arte Thierry Dufrêne, añade: «Dalí se veía a sí mismo como un molusco protegido por un caparazón que lo alejaba de lo perjudicial, de lo nocivo. Y esa coraza era Gala». La conoció en 1929, al presentársela su primer marido, el poeta surrealista Paul Éluard. Desde entonces, constituyeron una curiosa pareja. Ante el desparpajo natural de Dalí, ella fue descrita como arisca e inalcanzable. «Tenían personalidades distintas. Él necesitaba a un público para existir, mientras que ella se desenvolvía mejor en la intimidad, donde era muy directa, se mostraba seductora con los hombres, desdeñaba abiertamente lo mundano y criticaba a los que la rodeaban cuando le parecía necesario. Por ejemplo, en el primer baile onírico de 1935, se mostró muy dura con los estadounidenses por no haber acudido suficientemente disfrazados». Una calidad, la de disponer de un afilado espíritu crítico mezclado con una asertividad algo excesiva, que ya se observa durante su infancia, como apunta la misma Gala en su diario personal, publicado el año pasado bajo el título Gala Dalí. La vida secreta (Galaxia Gutenberg) y edición a cargo de Estrella de Diego y Xavier Vidal-Folch.

«Mi padre sentía por mí una debilidad particular y me atribuía extraordinarias cualidades morales, me acordaba una confianza sin límites y decía siempre, y lo creía con firmeza, que no había mentido en mi vida […]. Todo esto me ha dotado de un orgullo casi salvaje, del que todavía sufro», reconoció. Descendiente de una familia de intelectuales rusos y asidua de los círculos artísticos parisienses de los años 20 –además de estar casada con Éluard, a quien conoció a los 16 años en el sanatorio en el que se curó, también fue amante de Max Ernst y musa de Breton y Aragon–, Gala demostró cierto gusto «por la gran vida, la alta costura y los coches de lujo», según Frêne. Incluso entendía de moda, por lo que se puede deducir sin mucho esfuerzo al observar su vestuario personal, expuesto en el desván del castillo de Púbol (Girona) en el que residió en el tramo final de su vida y donde recibió a sus numerosos amantes.

En su armario, formado por dos docenas de vestidos, se encuentran creaciones de Christian Dior, Pierre Cardin, Jean Desses y Elizabeth Arden, además de vestidos creados especialmente para ella por Dalí. «Con todo, Gala nunca fue un personaje sofisticado como podría serlo una actriz o una dama acostumbrada a los eventos de la alta sociedad», puntualiza Frêne. «Era una mujer con un lenguaje crudo y bastante colérica. Tenía una rugosidad en el contacto humano. Ella acudía a las fiestas, pero no por las mismas razones que Dalí. Mientras él montaba su show, ella observaba qué marchantes se encontraban en la sala», añade.

Gala

Vestido de Giambattista Valli, visón claro de Azul Tierra y estola negra de Marni. Pendientes de Pandora, collar de Delfina Delettrez, pulsera-anillo dorada de Bernard Delettrez.

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

Opiniones aparte, las fotos de todas las épocas de su vida revelan a una fémina con una elegancia natural y un gusto por el posado ante la cámara, además de un aspecto que reflejaba con rotundidad su espíritu independiente. «Estuvo alejada de los imperativos de su época. Era cambiante, sobria, sofisticada. Le gustaba el rojo, el negro y el dorado. Vestía trajes de reminiscencias rusas, generalmente poco excesivos, pero con una exuberancia ocasional», explica desde Figueres la directora de la Fundación Gala-Salvador Dalí, Montse Aguer. Aunque en apariencia Gala habría sido una mujer poco entregada al lujo, su vestuario –con piezas en tafetán de seda, vestidos de gasa y un otomán de cuello marinero y abundante pedrería diseñado por Dior– parece revelar cierto gusto por lo exclusivo.

Durante los años 30, Dalí desarrolló su conocida colaboración con Coco Chanel y Elsa Schiaparelli, archienemigas en el París de entreguerras. Gala vistió ocasionalmente piezas de ambas. De la segunda, llegó a lucir el conocido sombrero-zapato que la modista concibió junto a su esposo (también diseñaría el frasco del perfume Le Roi Soleil y la campaña publicitaria de su lápiz labial rojo). «Pese a su rivalidad, el pintor se llevaba bien con ambas, aunque se sabe menos acerca de lo que pensaba Gala. Sé que hubo cuestiones de carácter que la enfrentaron a Chanel, en casa de quien vivieron cuatro meses cerca de Montecarlo, aunque no interfirió de ningún modo en su colaboración artística. Gala nunca se inmiscuyó en los proyectos creativos de Dalí», puntualiza Aguer. Y añade: «No tenía ninguna voluntad de agradar y era lo contrario a lo políticamente correcto. Era muy amiga de sus amigos, pero podía actuar con indiferencia cuando alguien no le parecía interesante».

La actriz y cantante Amanda Lear –además de pintora ocasional, amante de Mick Jones e íntima de David Bowie– formó parte, inicialmente, de este segundo grupo. Conoció a Dalí tras un desfile de Paco Rabanne, para quien desfiló durante los 60. «Empezamos de la peor manera. Me pareció un hombre antipático, rodeado de una ridícula corte de parásitos. Me dijo que tenía un rostro de calavera. Y, cuando le comenté que estudiaba Bellas Artes, me espetó que las mujeres nunca habían sido pintoras respetables, sino señoras cursis que pintaban acuarelas. Creía que el talento se llevaba en los testículos. Pero unos días más tarde, me invitó a cenar. Y fue cuando conocí a Mister Hyde. Entonces caí rendida a sus encantos», explica Lear.

Gala

Camisa de See by Chloé y falda de Dior. Pendientes de oro amarillo con colgante de lágrima de Durán Madrid.

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

Con Gala, los comienzos de Lear fueron igual o más complicados. En la víspera de la presentación oficial, Dalí le advirtió que tenía «un carácter difícil» y la incitó a causar una buena impresión. «Llegué maquillada y en minifalda. Dalí me vendió como si fuera una aspiradora: «Mira, Gala, mira esas piernas». No cabe duda de que yo le parecí todo lo que ella detestaba: una mujer más joven, arrogante y sin interés», reconoce Lear. No fue hasta unas semanas más tarde, al desembarcar en Port Lligat en alpargatas y con una cesta de mimbre, cuando la empezó a considerar alguien más frecuentable. «Durante uno de los viajes de Gala a Grecia, Dalí me llevó a Barcelona. Como había llovido, no dejaba de resbalar. Así que le cogí los zapatos y le rayé las suelas con un cuchillo. Cuando Gala lo llamó, Dalí se lo contó, maravillado: «Mira lo que ha hecho Amanda». En ese momento, Gala me confió a su marido, a la vez que se convertía en una segunda madre para mí», relata. Lear señala que para Dalí su esposa fue «una compañera y una capitana, una musa, una agente y una enfermera». Y que, el día que desapareció, el pintor entendió que estaba perdido. «Sin ella no sabía hacer nada. Pagaba a los taxistas con billetes de 100 dólares. Una vez se les pinchó la rueda del coche y fue Gala quien la tuvo que cambiar. Dalí era un genio, pero no sabía nada de la vida. Además, se dejaba engañar con facilidad por sus supuestos admiradores. Siempre fue ella quien tuvo los pies en el suelo».

La actriz y cantante asegura que el gusto de Gala por la moda era moderado. «En ese aspecto, diría que fue una mujer muy sencilla. Casi siempre la vi en pantalones. Era Dalí quien la incitaba a ponerse joyas y ropajes. Antes de una fiesta, era él quien le decía: «¿Por qué no subes a ponerte aquel vestido de Chanel?». Ella prefería lo funcional y lo sobrio», considera. «Dalí se moría por conocer a los Beatles. Ella era más de Rostropovich». Antes de fallecer, Gala decidió hacerle una curiosa proposición. «Me pidió que, cuando ella no estuviera, me casara con él. Pero yo no podía hacer eso. Dalí fue un padre y un gurú, pero no un amante. Aunque reconozco que los tres formamos un extraño triángulo que nunca entendimos del todo», concluye. Para Lear, entre Gala y Dalí no existió una auténtica atracción sexual. «No se trató de una pasión erótica, pero sí fue una historia de amor. Él estaba loco por ella. Decía que entendía el canibalismo, porque le hubiera gustado devorarla».

El fotógrafo Robert Descharnes, que hoy suma 86 años, frecuentó a la pareja durante cuatro décadas, en las que estableció una estrecha colaboración con el pintor y observó de cerca a Amanda Lear. «Gala lo había calculado todo. Era 10 años mayor que su marido, así que era consciente de que moriría antes que él. Como era una rusa muy racional y organizada intentó colocar a su alrededor a un grupo de personas que pudieran sustituirla cuando ya no estuviera. Y Amanda formó parte de ese decorado. Pero me parece extraño que le propusiera una relación tan burocrática como un matrimonio», ironiza.

Gala

Pamela negra de Philip Treacy para Giorgio Armani. Abrigo. Gargantilla Maillon Panthère en oro amarillo, diamantes, manchas de laca negra y ojo de granate tsavorita de la colección Panthere de Cartier.

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

Descharnes confirma que Gala tuvo numerosos amantes. «Dalí siempre le dejó una gran libertad, aunque tampoco tenía otra opción. Ella nunca habría aceptado otro tipo de trato. La independencia se encontraba en su naturaleza más profunda. Poseía una tendencia innata a decir lo que pensaba, a veces de manera un poco abrupta. Pero, al mismo tiempo, no tenía nada de autoritario. Era una mujer curiosa, abierta a la vida». Descharnes cuenta que Gala odiaba que le dirigieran cumplidos sobre su aspecto. «Era sencilla y austera, y no perseguía dejar boquiabierta a la gente con su atuendo. Si tenía cierta resistencia a lo mundano, es solo porque se daba cuenta de que había muchos individuos que se intentaban aprovechar de Dalí y que eso le perjudicaba como artista. Acostumbraba a sentarse en una terraza de Port Lligat. Cuando la gente se le acercaba y le decía lo guapa que estaba, ella respondía dando una patada en el aire para alejarlos».

Catherine Millet, crítica de arte y especialista en Dalí, además de autora de un tórrido libro autobiográfico, La vida sexual de Catherine M. (Anagrama), considera que Gala fue mucho menos malvada de lo que se cuenta. «La gente la encontraba poco amable, pero solo porque Dalí delegó en ella una función ingrata y la convirtió en su mánager y protectora. No fue una manipuladora. El pintor era lo suficientemente inteligente para saber lo que estaba haciendo. Le convenía que ella se ocupara de las cuestiones triviales, de alejar a los indeseables y conseguirle material para pintar», sostiene Millet.

Gala

Vestido de Stella McCartney y broche de Lanvin.

Foto: Bèla Adler & Salvador Fresneda

Detrás del histriónico exhibicionismo del catalán, Gala descubrió en Dalí a un hombre con el que podía compartir un modo de vida que ya había intentado establecer con Éluard, con quien la fidelidad no pasaba forzosamente por no ceder a la tentación de la carne. «En términos fríos y mercantiles, podemos decir que fue una inversión. Entendió que podía ayudarlo a convertirse en un gran pintor y apostó por él. Pero podemos ser un poco románticos. Yo creo que también fue un auténtico flechazo», sostiene Montse Aguer. Robert Descharnes comparte la opinión. «Estaban hechos el uno para el otro. Y es una falta grave que no estén enterrados en el mismo lugar», añade. En la cripta de Púbol, Dalí diseñó dos tumbas contiguas con un agujero en los laterales, «para que pudieran darse la mano eternamente». Pero, en sus últimos meses de vida, el pintor cambió de opinión y pidió ser enterrado en su museo de Figueres. El fotógrafo lo considera fruto de la debilidad del momento y se ha batido durante años para que los vuelvan a unir. «Estaban hechos para estar juntos en la vida y en la muerte», sentencia Descharnes. Dalí ya dio indicios de ello al declarar: «Quiero a Gala más que a mi madre, más que a mi padre, que a Picasso e incluso más que al dinero». Ella le respondió con este fragmento de su diario, en el que describe una de las primeras ausencias del pintor: «Desde que está lejos, y Dios mío, qué lejos está, desde que le añoro, cada instante que transcurre desde entonces ya no he podido ver el cielo profundamente azul, el cielo estrellado de la noche. ¡Cuántas noches nos abrigaron, cuántas estrellas nos iluminaron!».

Básicos

Facebook