Mi fan, mi pesadilla

La edición británica de la revista 'GQ' ha sido la última víctima de un colectivo antropófago que mataría por sus ídolos. ¿Qué ocurre cuando las redes sociales y los 'groupies' se dan la mano?

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Washington D.C., 11 de febrero de 1964. Primera actuación de The Beatles en Estados Unidos.

Foto: Cordon Press

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"¡El Mesías, el Mesías!", brama la muchedumbre. "¡Si aquí no hay ningún monsieur! ¡Lo que hay es demasié personal, así que fuera!" responde la madre de Brian. La escena forma parte de uno de los tratados más fieles y heterodoxos que se han hecho sobre el fenómeno fan. En el filme La vida de Brian, los Monty Python despiezan el absurdo de la admiración por la admiración en un mundo ávido de dioses. Desde tiempos remotos, el fandom (conjunto de aficionados que comparten una misma pasión) es una característica inherente a la condición humana. Los odios y los amores mueven masas, ideologías y fanatismos que no siempre saben coexistir con el sentido común y la ley. Si a eso añadimos las redes sociales, una catapulta que eleva y derriba lo que se ponga por delante, el cóctel resultante puede acabar intoxicando a quien se lo beba.

Hace unos días la edición británica de la revista masculina GQ enseñaba la patita de su número de septiembre: en portada, los machotes que integran el quinteto One Direction. Lo que en principio parecía una fiesta para los seguidores de Harry, Liam, Louis, Niall y Zaryn acabó convirtiéndose en una batalla virtual en la que sobrevolaron espadas, cuchillos y amenazas de muerte por doquier. Titulares aparentemente inofensivos como "Harry no se va a la cama hasta que triunfa" o "Zaryn se pavonea" fueron los detonantes de un vade retro generalizado contra la publicación. "Las imágenes de GQ dan ganas de apuñalarse el útero", aseguraba una fan algo drástica. Peccata minuta si lo comparamos con lo dicho por otra de la misma cuerda: "Voy a mutilar vuestras vergüenzas, alimentar con ellas a mi perro y quemar vuestro cuerpo en mi infierno". Y bla, bla, bla.

Al parecer, algunos seguidores de la boy band más famosa del mundo no entendieron la retranca y la mala leche habituales en la revista. El batallón que suele defender a este y otros iconos de la cultura pop adolece de falta de voluntad autocrítica, pero tampoco se pueden pedir peras al olmo. Los fans más acérrimos, sobre todo a ciertas edades, tienden a desconfiar de todo lo que no huela a hagiografía. Frente a los directioners, los beliebers (fans de Justin Bieber) y los swifties (por Taylor Swift) también se afanan en supervisar todo lo que sale en internet. Estos últimos sacaron pecho cuando hace dos meses la firma Abercrombie & Fitch puso a la venta camisetas con una letanía que se repitió en millones de diseños: # more boyfriends than t.s., en referencia a la agitada vida sentimental de la cantante. ¿Solución? La petición de rigor en change.org, un bombardeo al departamento de atención al cliente de la marca, y problema resuelto. La camiseta fue retirada de los establecimientos ante un previsible boicot.

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Un grupo de fans en su redil, esperando la salida de Justin Bieber en Boston para derribar la valla y arrancarle alguna extremidad.

Foto: Cordon Press

¿Pero qué separa la admiración de la obsesión? La psicóloga Noelia Sancho, de la Fundación Eduardo Punset, explica que el fenómeno fan "suele aparecer sobre todo en la adolescencia, y tiene que ver con la búsqueda y definición de la propia identidad". Sin embargo, cuando las bajas pasiones que se desatan en ese periodo concreto de la vida no se resuelven por generación espontánea llegan los stalkers, es decir, perfiles rayanos con la psicopatología que pueden llegar a triturar a sus héroes. Margaret Mary Ray, una enferma de esquizofrenia y erotomanía (creencia de que alguien de un estatus más elevado está enamorado de uno) acosó durante años al presentador David Letterman y al astronauta Story Musgrave. Como Pradeep Manukonda, otro que tal baila, que persiguió durante meses al fundador de Facebook Mark Zuckerberg, a su hermana y a su novia.  

No todo son desgracias, claro. El fenómeno fan está trufado de anécdotas para contar. Seguro que Dolly Parton todavía se acuerda del bebé que una seguidora dejó en el porche de su casa para que la criara, y puede que Justin Bieber todavía no se haya recuperado del susto que le dio un talibán que se abalanzó sobre él en riguroso directo. Derribó el piano y al canadiense, y la música siguió sonando como si nada. ¿Y qué hay de las fans de Take That? Imposible olvidar el testimonio desgarrador de quienes se negaban a creer que la banda se separaba. Ya saben, hay amores que matan.

De todas formas, pocos podrán superar a Sarah M, también conocida como Stalker Sarah, que según The New York Times es "la fan más popular del planeta". A sus diecisiete años cuenta con más de 6.000 instantáneas junto a sus ídolos: Angelina Jolie, Brad Pitt, Julia Roberts, Oprah Winfrey, Harry Styles... Su atinada capacidad para monitorizar a los artistas es bien conocida hasta por los papparazzi de Los Ángeles, donde reside. La tienen más que fichada, puesto que su presencia es sinónimo de una próxima aparición estelar. Acaba de lanzar una web para monetizar su hobby, pero confiesa haber rechazado dinero por revelar ciertos secretos. Cuentan que en una ocasión convenció a unos fotógrafos para que borraran unas imágenes que podían hundir a Lindsay Lohan. Obras son amores, que no buenas razones. Para que luego digan de los fans.

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