¿Adiós a los hombres?

Milenios de hegemonía masculina ya han llegado a su fin. Según la escritora estadounidense Hanna Rosin, autora del libro The End of Men, en el nuevo orden económico, quienes están realmente preparadas para salir adelante con éxito son las mujeres.

Ilustración Hanna Rosin

no es que las mujeres sean más listas, es que sus habilidades son mucho más útiles.

Foto: Ana Himes

Perspicaz como pocas, la capacidad analítica de la escritora estadounidense Hanna Rosin no deja nunca de funcionar. Ni siquiera cuando está de vacaciones. Por eso, mientras estaba en la cola del supermercado de la pequeña ciudad de Virginia donde pasa los veranos, cayó en la cuenta de algo importante. A su alrededor no veía hombres. Se preguntó por qué. Y mientras encontraba las respuestas empezó a escribir The End of Men And the Rise of Women, un libro en el que plantea un nuevo paradigma social; uno en el que las mujeres empiezan por fin a manejar el cotarro.

Parece que los resultados de las elecciones estadounidenses le dan la razón a su tesis de que se acaba la era de los hombres.

Curiosamente sí, porque han demostrado que se puede elegir a un presidente sin el consentimiento de los hombres blancos de este país. El 88% de ellos votó a Romney y ha perdido; luego, su voto por sí solo no cuenta. Aunque es cierto que en la elección de Obama no han ayudado solo las mujeres, sino también todos los demás grupos étnicos.

¿Se tendrá que dar un cambio de mentalidad para ver a una mujer presidente?

Se está dando ya. Cuando Hillary Clinton presentó su candidatura la analizamos hasta la saciedad. Ahora no pasaría eso. Nos hemos acostumbrado a ver a las mujeres en política y, sobre todo, a ver cómo se comportan cuando tienen poder y ya no parece necesario criticar ciertos aspectos. Las políticas ya no nos incomodan. En el estado de New Hampshire todas las que se presentaban eran mujeres. Y no es un estado grande, pero tiene un perfil político importante.

¿Por qué decidió escribir The End of Men?

Lo empecé en 2009 porque muchísimas cosas estaban cambiando en ese momento. Las mujeres se convirtieron, por primera vez en la historia de Estados Unidos, en la fuerza laboral más importante, por encima de los hombres. Pero, además, se estaba dando un fenómeno de alcance social que es el que me resultaba todavía más interesante: los hombres estaban desapareciendo de los ámbitos en los que antes eran importantes, como la familia.

¿Y por qué cree que está sucediendo?

Se dan varios factores. Uno es el cambio de roles en los matrimonios. Las mujeres se están convirtiendo en las cabezas de familia. Son las que llevan el pan a casa, ya sea porque ganan más dinero que ellos o porque son madres solteras que sacan adelante a sus hijos ellas solas. Se están educando más y mejor: van a la universidad más que ellos y con mejores expedientes académicos. También nos hemos acostumbrado a verlas en el poder; lo ves en la televisión y ya no te choca. Pero además hay una nueva generación de mujeres que por fin se comporta de una manera muy diferente a las anteriores. Hablan de sexo –y lo practican–, se plantean su vida, sus carreras y sus matrimonios de manera muy diferente a como se hacía hasta ahora. Pero la clave final es la forma en la que los hombres se están enfrentando a todo esto. Están sufriendo en esta economía; muchos se han quedado sin trabajo, pero también hay una sensación general de que están dándolo todo por perdido; de que se están rindiendo.

¿Es una cuestión de femenino o masculino?

No se trata de que las mujeres sean más listas que los hombres. Es más bien que las habilidades naturales de ellas son más valiosas en este clima económico. En cierto modo, es algo accidental. Ahora se necesita mucha educación y la realidad es que las mujeres son muy buenas en el colegio. Siempre lo han sido, pero antes no era tan importante. Hace 25 años si eras un chico que no quería ir a la universidad, trabajabas en una fábrica, ganabas bastante dinero y tenías una buena vida. Ahora eso es cada vez más difícil. Y mientras ellos se han estancado, ellas se han esforzado el doble para conseguir lo mismo, y se han adelantado.

¿Estamos viviendo una revolución femenina sin darnos cuenta?

No me gusta llamarlo así porque el término no se adapta a lo que está pasando. El libro no es un manifiesto feminista en absoluto. El fin de los hombres lo que significa, en EE UU, es que muchísimas mujeres están criando a sus hijos solas, pero porque ellos han abandonado su papel. Y eso no es una situación positiva, aunque las consecuencias pudieran serlo. No es un triunfo feminista, es un reflejo de lo que sucede.

¿Lo que usted plantea es que las mujeres se han hartado de los hombres?

En cierto modo, sí. La prueba es que en EE UU ha bajado significativamente el número de matrimonios, sobre todo entre el 70% de la población que no tiene estudios superiores. Y no es como en Europa, donde la gente simplemente no se casa, pero viven juntos. ¡Nos encanta casarnos! Y si hemos dejado de hacerlo, es porque las mujeres están hartas de los hombres; es la frase que más he escuchado durante mi investigación. Para ellas, el hombre es otra boca más que alimentar y ya no están dispuestas a hacerlo.

¿Tiene algo bueno esta situación?

El mejor resultado que podría salir de todo esto no es que los hombres estén de capa caída y las mujeres ascendiendo, sino que la forma tradicional en que las mujeres podían recorrer el camino masculino antes llevaba asociadas ciertas represalias y ahora ya no. Los rasgos femeninos y masculinos tradicionales se invierten sin problemas. Ahora las mujeres pueden seguir la ruta que deseen, ser más ambiciosas o más agresivas en el trabajo sin tener que pagar por ello, que es lo que pasaba antes. En el caso de ellos sucede lo mismo, se está produciendo un fenómeno de normalización y cada vez más hombres pueden adoptar rasgos femeninos, como quedarse en casa a cuidar de los hijos, sin ser castigados socialmente.

¿Algún día dará igual quién lleve los pantalones?

Tenemos que avanzar mucho, pero vamos por buen camino. No es que espere que para cuando mis hijos sean mayores la mitad de los hombres se queden en casa a hacer las tareas domésticas, pero al menos no miraremos mal a los que decidan hacerlo.

Para cambiar las cosas usted ha decidido educar a sus hijos de forma distinta. ¿En qué consiste esta educación?

Lo estoy haciendo con mis dos hijos mayores, un niño y una niña que están en el colegio. Los dos son buenos estudiantes, pero es mucho más duro para él. No es que no pueda hacer lo que le piden, es que va contra su naturaleza. Le cuesta acordarse de las cosas, obedecer o escribir esas redacciones larguísimas. Ella es la típica niña, totalmente organizada. Alguien me dijo que, con lo difícil que les resulta el colegio a nuestros hijos, acabamos convirtiéndonos en sus secretarias. Y no quiero que eso me suceda a mí, así que estoy intentando plantar en su cerebro una especie de secretaria interna que pueda desarrollar él mismo. En lugar de decirle cada mañana lo que tiene que hacer, pongo en la pared de su cuarto una lista escrita. Y si no lo hace, peor para él. La idea es que lo interiorice, pero no voy a perseguirlo ni a gritarle para que lo haga. Quiero darle herramientas que lo ayuden a adaptarse al mundo, pero tiene que aprender a utilizarlas, yo no lo voy a hacer por él.
 

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